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domingo, 9 de febrero de 2014

Futbol, beisbol, toros: bonitas tradiciones heredadas

Juan Villoro, y de cuando los padres nos inculcan una hermosa pasión.

Al leer el texto que el Maestro Juan Villoro publicó en el periódico "El Siglo de Torreón" el pasado domingo 26 de enero, me vinieron a la mente hermosos recuerdos de cuando mi padre me llevó por primera vez a disfrutar del futbol en el parque San Isidro, del beisbol en el parque Superior y de la fiesta brava en la plaza de toros Torreón.

Como lo comento en una entrada anterior que titulé "Resumen de una pasión", para mí, el futbol - así como el beisbol y los toros - tiene mucha relación con la unión familiar: en la tribuna se fomenta el gusto por el deporte, la identificación con el equipo; se comparten alegrías y tristezas a pesar de las cuales permanece intacto el vínculo familiar, como sucede en otros ámbitos de la vida.

Si alguien que lea el siguiente artículo se siente identificado, puede sentirse privilegiado y, a la vez, comprometido a continuar con esta hermosa tradición de heredar la afición.


Padres e hijos.

A medida que se acerca el Mundial de Brasil los aficionados revisamos recuerdos en busca de méritos sentimentales para recibir milagros.

Pertenezco a una generación en la que el divorcio era tan inusual como tener un pariente en África. Los padres carecían de códigos precisos para tratar a los niños que ya no  vivían con ellos. El zoológico, el cine y el futbol eran los destinos más socorridos para sobrevivir al fin de semana. Ver animales en cautiverio resultaba fascinante pero desembocaba en la rutina. Luego de visitar durante diez domingos al perro que había crecido en la jaula de los lobos en el zoológico de Chapultepec, te sentías parte de esa tediosa jauría. El cine ofrecía más variedad, pero la cartelera no siempre brindaba epopeyas para niños. En cambio, el futbol renovaba sus esperanzas con la puntualidad de las estaciones.

La multitud que llena un estadio ofrece la más estruendosa versión de la vida familiar. La inmensa mayoría de los aficionados están ahí porque alguna vez su padre los llevó a ese sitio. Gritar en pro de unos colores es un signo -acaso el más primitivo y duradero- de filiación. Hay quienes no heredan otra cosa que el adorado nombre de un equipo.
Mi padre había apoyado sin muchas ganas al equipo Asturias. Cuando los Pumas de la Universidad subieron a Primera División, los respaldó con solidaridad gremial. De niño me hizo creer que los goles lo apasionaban y que disfrutaba tanto como yo. Extrañaba Barcelona, su ciudad natal, y hablaba del club blaugrana con el fervoroso sentido de pertenencia que sólo puede tener alguien que vive al otro lado del mar. Cuando terminé la preparatoria y partí de viaje por seis meses con una mochila en la espalda, me escribió cada lunes, metiendo en el sobre la tabla de resultados del futbol.
En la tribuna no dejaba de ser un profesor de ética. Si alguien insultaba al equipo rival, lo reprendía con un argumento que nadie osó rebatir: "¡Así no se trata a los invitados!".
En el Excélsior de Julio Scherer escribió un texto sobre el Mundial de Alemania 74 en el que entendía el futbol como una compensación lúdica de la política. Sólo ahí Haití podía superar a Italia.
Desde que tuve edad para ir por mi cuenta a los estadios, mi padre se ausentó de las canchas. Sin embargo, la rara emoción que siento en las tribunas sólo se explica porque fue el sitio donde mi infancia contó con su presencia.
Abundan los casos similares. En su novela Luz oscura, el chileno Nicolás Vidal describe la relación de un padre con su hijo a partir de las vivencias en el estadio. Eminentes evangelistas de las canchas, como el argentino Eduardo Sacheri y el chileno Francisco Mouat, han dejado constancia de lo que significa compartir con sus hijos el triunfo de Independiente o la U. de Chile.
Uno de los mejores pasajes sobre el tema se debe a Martín Caparrós. En su libro Boquita, escribe: "En 1991 nació mi hijo [...] Eran tiempos en que, si planeaba un viaje a China, mi preocupación principal no era el clásico que podía llegar a perderme. Hasta Juan: entonces, por alguna razón, se me ocurrió que me importaba mucho que se hiciera bostero. Fue un pensamiento interesado: imaginé que si nos acostumbrábamos a ver juntos a Boca, alguna vez, cuando él fuera lo suficientemente grande como para pensar programas mucho más interesantes que aburrirse con su anciano padre, Boca podría seguir uniéndonos o dándonos, al menos, la oportunidad de compartir algunos ratos. Quizás la idea no haya sido tan precisa, pero era algo así. Después descubriría que ya se les había ocurrido a unos cuantos millones. Y me parece que esa es la función de cualquier hecho cultural: ofrecerles un lugar común".
Muchos años después, Caparrós salía de ver un partido en la Bombonera, en compañía de su hijo Juan, cuando escuchó una entrevista por la radio con el cantante Iván Noble, autor del curioso hit Avanti morocha. Noble acababa de tener un hijo, había leído Boquita y citaba el pasaje en cuestión. A los 23 años, Juan Caparrós continúa compartiendo con su padre el lugar común de ser de Boca.
Todo esto lleva a la confesión de un fracaso emocional: mi hijo Juan Pablo, notable portero, no es adicto al futbol. Se lo comenté a Caparrós y contestó con sabiduría: "Compartir el futbol puede hacer que no compartas nada más". No se refería a su caso, sino al de millones de padres que ya sólo hablan con sus hijos cuando su equipo salta a la cancha.
Un estadio es un buen sitio para tener un padre. El resto del mundo es un buen sitio para tener un hijo.

Los textos resaltados en negritas son por parte del autor de este blog, para remarcar la idea principal del texto.

jueves, 30 de enero de 2014

Libros: Juan Villoro - Conferencia sobre la lluvia

Conferencia sobre la lluvia.


Juan Villoro: autor de "Conferencia sobre la lluvia"
Un pequeño libro que parece escondido, extraviado dentro de la librería Gandhi. El pasado sábado que me encontraba cerca de dicha librería, recordé que me fue recomendado por mi amigo Eduardo Acosta, por lo que ingresé y lo busqué. No sobresale, ya que es un librito de bolsillo. Pregunto por la existencia de este ejemplar a uno de los dependientes del establecimiento; él lo ubica en el sistema y me indica que se ubica en la sección de literatura iberoamericana, en la que los libros se encuentran acomodados según el apellido del autor. Creo que es una injusticia tanto para el autor de esta obra, Juan Villoro, como para Juan Miguel Zunzunegui, ya que sus obras se encuentran a ras de piso, escondidas de la vista de la mayoría de los paseantes. Aun así, salgo contento por haber encontrado la obra recomendada por Eduardo, y más por el precio: 53 pesos, el equivalente a lo que cualquier escuinclita hueca hubiera gastado en unos banales "TVNotas" y "Hola".

La lectura resulta deliciosa: es el guión de una puesta en escena para teatro, misma que ya fue presentada durante la inauguración del Teatro María Antonieta Rivas Mercado de la Biblioteca de México, según se menciona ahí mismo en el libro. 

La escena trata acerca de un bibliotecario que comienza a dictar una conferencia en la que habla acerca de la lluvia; como este distraido personaje extravía sus apuntes, procede a improvisar a la vez que se justifica: Las mejores conferencias son improvisadas. Para leer, podemos traer a un notario... El que diserta sin guión fijo se mueve en la línea del vértigo... Una conferencia se parece al préstamo de un libro; quien habla es un intermediario. De esta manera comienza la charla, en la que el conferencista diserta acerca de la lluvia, de su relación con la literatura; cita frases relativas a la lluvia y de la relación de ésta con su vida de bibliotecario: su relación con los libros, con los lectores, así como sus relaciones amorosas. 

Una biblioteca es una colección de amores, repudios, sospechas y nostalgias, por lo que dicen sus volúmenes, pero también por el modo en el que son leídos. Reza textualmente y con mucha razón un extracto de la contraportada. 

El clímax de esta conferencia no es un hecho, sino el auditorio: el destinatario de la conferencia. Si un libro depende del lector, una conferencia depende del público. El inesperado final seguramente sorprenderá al lector como lo hizo conmigo.

El autor: hombre de prosa extraordinaria cuya lectura disfruto cuando menos cada domingo, al leerlo en El Siglo de Torreón, realiza una excelente mezcla de conceptos relativos a las cuestiones mencionadas en los párrafos anteriores; unos y otros se mezclan dando como resultado que la lectura se disfrute sobremanera.

Un libro cuya lectura resulta rápida, ágil y amena. Sumamente recomendable.

Ficha:
Villoro, Juan. Conferencia sobre la lluvia.
Ed. Almadía. 
Oaxaca, México. Mayo 2013.
61 pp.
ISBN: 978-607-411-126-2