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viernes, 3 de julio de 2020

El Último Brindis - Conchita Cintrón


El toreo y la vida



"Se torea como se es", decía el Maestro Juan Belmonte. 

Y sí: el toreo es un símil de la vida. En el ruedo se representa el drama de la vida y la muerte. Cada quien enfrenta al toro a su manera. Cada quien con su estilo. Caso contario, es hipocresía, misma que será captada por el respetable, el cual le corresponderá con una sonora rechifla.  

Nada mejor para explicarlo que este bello pensamiento de la rejoneadora Conchita Cintrón (Antofagasta, Chile; 1922 - Lisboa, Portugal; 2009), publicado en el diario lagunero "El Siglo de Torreón", el 14 de octubre de 1973.


Conchita Cintrón. Tijuana. 1941
El Último Brindis
¿Quién no tiene que lidiar con la vida? Cada día es una incógnita encerrada en el chiquero de la noche. Como el toro, el destino es una realidad engalanada de quimeras. Sale al ruedo para mirarnos frente a frente. Un día más, un toro más. Horas grises, triunfos, lágrimas o muerte; ¿quién sabe lo que tiene en suerte? ¿Cuántas noches han sido patios de cuadrillas?
Para todos es igual la primavera e igual será la última corrida. Cuando suenen –derraderos– los clarines, a cada hombre le tocará encontrarse, solo y descubierto, frente a frente con la Autoridad Suprema... para brindarle su última faena.

 
 
 

lunes, 20 de abril de 2015

El inmediatismo, el hedonismo pasajero, mal endémico del deporte y la Fiesta Brava.

Resultadismo y superficialidad.

Vivimos en una época en la que el ruido es más importante que la esencia, en la que los resultados inmediatos importan más que las formas. “Pierda kilos… ¡¡¡AHORA!!!”, “libérese de esas arrugas ¡¡¡DE INMEDIATO!!!”, “prepare deliciosas comidas ¡¡¡AL INSTANTE!!!”. Deseamos obtener satisfactores de inmediato, sean éstos materiales, económicos o de placer. En este entorno actual en el que predomina lo desechable y/o reciclable, buscando el beneficio inmediato, así sea pasajero, hemos relegado a segundo plano lo hermoso y duradero.

En el plano deportivo se vive también ese resultadismo, ese inmediatismo, esa necesidad de mantener contentos a los seguidores de cierto equipo tomando decisiones de cortísimo plazo. Un equipo no obtiene buenos resultados en tres, cuatro, cinco o seis jornadas, y la concurrencia pide – en la mayoría de las ocasiones, exige, y de una manera no muy civilizada – medidas inmediatas: "cesen al director técnico" es la exigencia más socorrida, la receta más fácil; en ocasiones, la medida resulta lógica, en otras, se corta un proceso con tal de evitar en el corto plazo un distanciamiento con la fanaticada, o desmanes mayores en la tribuna; y aunque, tras la destitución del director técnico los resultados del equipo no mejoren, el público se sentirá aliviado, su exigencia de ver correr sangre tras aplicar la guillotina al director técnico, – quien, como escribe Jorge Valdano, “de la derrota somos la primera víctima y nos sustituirá un colega que vendrá como solución, después de haber sido echado de otro equipo como problema” –, y así seguirá el ciclo: llega alguien como solución, y en la primera crisis se convierte en el problema, mismo que hay que cortar de tajo para que, en el corto plazo, la hinchada desahogue sus frustraciones. Al término de la temporada, los mismos medios de comunicación que encabezaron la revuelta que exigía la cabeza de dicho entrenador, criticarán al equipo en cuestión por la falta de visión de largo plazo. Y el monstruo de mil cabezas, al no tener memoria más allá de un mes, no recordará haber sido responsable de cortar de tajo todo proceso con vistas más allá del torneo a jugar; además, pondrá como ejemplo a los equipos que sí tienen la continuidad que ellos mismos en su propio equipo cuestionaron, y que presionaron para interrumpirla.

En la Fiesta Brava también se está sacrificando la esencia de la misma en pos de darle a la concurrencia – ojo, es diferente ser “concurrencia” que “afición”, todo aficionado es parte de la concurrencia a los tendidos de una plaza de toros, mas no a toda la concurrencia, si acaso a una mínima parte, se le puede llamar “afición” – un placer pasajero y falso. Este mal no es de unos pocos años a la fecha. Realizando una investigación hemerográfica abro la edición del periódico “El Siglo de Torreón” del domingo 4 de septiembre de 1983, día en el que Santos Laguna jugó su primer partido oficial, me encuentro dos columnas muy interesantes sobre este tema: la primera, del cronista y comentarista taurino José Trinidad Sánchez Ramírez, mejor conocido como “Tino”, y otro de la ex torera Conchita Cintrón. Reproduzco ambas, negritas de quien esto escribe:


Tino escribe:
Lo bonito y lo bello en el toreo

Roberto Miguel
Una de las mayores rémoras para el progreso y el esplendor taurinos consiste en la gran confusión que inconscientemente mantienen los públicos que asisten a los festejos taurinos, entre el toreo bonito que, desde luego, no es lo mismo que el toreo bello.

La línea divisoria entre lo bonito y lo bello, por muy real que sea, tiene una vaguedad grande, que disculpa en muchos casos la confusión.

En el toreo la belleza es la hondura con que se ejecutan las diferentes suertes – bástenos recordar aquel pase de la firma de Paco Trujillo, en su última novillada – que no sean vueltecitas – como tantas que presenciamos el domingo pasado –, que es de donde emana el toreo bonito; determinados diestros hacen cosas bonitas en los ruedos, que el calificativo de bellas les vendrá holgado en demasía; es allí donde muchos que buscan la belleza sufren el fraude que les depara lo bonito.

El toreo que ejecutan los toreros bonitos es ligero, sonriente, superficial, insignificante, en una palabra: ES FALSO. Lo bello en el toreo se caracteriza por su honda seriedad y por una vigorosa significación. En lo bonito siempre hay imperfecciones, en lo bello no; lo bonito es frívolo – muletazos mirando al tendido, rodillazos, etcétera –, lo bello es apasionante – llevar bien toreado al astado, corriéndole la mano con temple, ritmo y dimensión –; lo bonito en el toreo nos divierte, es una agradable fantasmagoría, es una ingeniosa falsedad, un delicioso ENGAÑO a la vista; lo bello, por poco que nos divierta, nos da la siempre la sensación de que ES LO QUE DEBE SER, algo tremendamente verdad.

Las actuales concurrentes a las plazas de toros, cuando ven a un torero verdad – Roberto Miguel – que no sea bonito, retroceden ante su belleza artística que nada tiene de frívola y, como ellos buscan un fácil deleite, una especie de droga placentera, y se encuentran con una imponente realidad que exige rendido vasallaje, se sienten defraudados con la verdad clara.

El público que en su mayoría asiste a las plazas de toros busca un especial placer que les haga olvidar sus trabajos y pesadumbres cotidianas, y por ello aspiran en grandes bocanadas el toreo bonito y, prisioneros de su gusto, levantan pedestales de barro a ídolos falsos pero bonitos.

El verdadero aficionado a los toros, aquel que asiste a las corridas para ver la fiesta por su base que es el toro, aquel que va a ver toros y no toreros, no se deja sorprender ni menos deslumbrar por el brillo de las candilejas y, al ir eliminando todo lo accesorio, prescinde, como tal, del toreo bonito, y entonces es cuando la belleza del toreo luce en todo su esplendor y, en un ambiente de seriedad y peculiar ascetismo; pero esto mismo demuestra que no es para cualquiera, porque tal ambiente no es respirable para todos.


Anécdotas y comentarios sobre hombres y toros, de Conchita Cintrón
El torito y el micrófono.

Con el micrófono en la mano ya cualquier mamarracho es cantor. Y ahora se presentan en público, con éxitos retumbantes, horrendas criaturas que aparecen por decenas. Unos gritan más, otros menos, todos se agitan frenéticamente, pero el micrófono hace su milagro de ondas sonoras y el “culto público” se entrega ante la magnitud del barullo.

El torito joven de los ruedos mexicanos es un micrófono taurino. Sirve para darle realce a cualquier actuación mediocre, creándole al espectador la impresión de que el diestro tiene oficio. Con ese animalito el torero “canta” a sus anchas, agitándose triunfante entre tanda y tanda de pases aun careciendo de oficio.

No nos equivoquemos tan ingenuamente: cantar no es – o no debería ser – un esfuerzo físico, torear tampoco. Sepamos pues distinguir a quienes pueden triunfar sin depender totalmente de las circunstancias…

Guadalajara, Jal. 1983.


Como podemos ver, ya hace más de treinta años ambas plumas criticaban lo que ya se advertía como mal de la Fiesta Brava y que, por arrogancia, ignorancia y muchas cosas más, dejamos crecer hasta ver viralizado dicho fenómeno.

Difícil, muy difícil será, revertir estos fenómenos. En esta sociedad de consumo en la que vivimos, es casi imposible renunciar a los remedios inmediatos y superficiales en pos de una solución de fondo. Sigamos pues, queriendo combatir un cáncer con una aspirina, a la vez que nos lamentemos de la metástasis en la que deriva.

lunes, 8 de diciembre de 2014

La fortuna, por Conchita Cintrón

Conchita Cintrón y los sentimientos que despierta el toreo.

A continuación una historia contada por la torera y rejoneadora peruana Conchita Cintrón (1922-2009). Para quienes aún dudan de los valores, sentimientos y emociones que despierta el toreo.
Conchita Cintrón

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La fortuna
Por Conchita Cintrón

Aquella tarde toreaba en Fortín de las Flores y mi maestro por la mañana se había mostrado aún más exigente de lo que solía ser. “Es que tu – me amonestó – recibes al toro por verónicas, rematas con una media, y te vas. ¿Por qué no simulas un quite?... ¿Será que no sabes hacer otra cosa?” “Nada de eso – le contesté – tú sabes que no me gustan actuaciones largas… si toreo con el capote, luego tengo que ir por el caballo y rejonear, aún hacerle faena al toro con la muleta, antes de estoquearlo… ¿a qué vienen los adornos con el capote?” “¡Nada! – contestó desagradado Ruy de Cámara – …lo que pasa es que ya no eres capaz, se te ha olvidado, de hacer cosas bonitas con el percal…”

Como sería de suponer, cuando sonaron los clarines en Fortín, después de torear a la verónica, me eché el capote a la espalda e hice un quite por gaoneras, que, con todo el amor propio acumulado desde por la mañana, no dudo fueron los mejores que ejecuté en mi vida. Cuando las rematé, con una revolera, busqué la mirada de mi maestro, Ruy, que estaba en el callejón; como única respuesta se quitó la gorra y me la arrojó a los pies, honor que de él nunca había merecido, ni volví a conocer. Jamás comentamos, verbalmente, durante los años que nos quedaron por delante, lo acontecido, de allí, quizá, que permanezca en mi memoria como una flor dentro de una bola de cristal. Fue un incidente que nació de la explosiva agitación de un diálogo, para terminar en la perfección de un cristalino silencio.

Saliendo de la plaza, me detuvo una ancianita pobre, vestida de harapos. “¡Ay qué felicidad!”, exclamó… “cuánta cosa linda sentí al verla torear” y con sus palabras se fueron abriendo, en una sonrisa hermosa, sus arrugados labios de abuelita. Notando su aspecto humilde, no pude esconder mi curiosidad y le pregunté cómo había entrado a la plaza. “El matarife es sobrino mío – explicó – y me dejó pasar con él”. “Quiero pedirle algo – añadió la viejecita, y desatando un paliacate que traía en su bolsa, sacó de él un tostón. “Por favor, acepte esto… es muy poquito… pero es todo lo que tengo… y yo quiero regalarle algo para agradecerle lo de esta tarde”. Y al ver que me extendía la mano, para regalarme su moneda, no pude negar lo que me pedían aquellos ojos de azabache. Y aquí tenéis la forma bizarra en que en una tarde de toros recibí una fortuna de quien merecía una limosna.

Guadalajara, 1976

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Aparecido en "El Siglo de Torreón" el domingo 12 de diciembre 1976.