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martes, 4 de agosto de 2020

Mis recuerdos de Valente Arellano

Así recuerdo el ascenso y fin del ídolo lagunero.



Durante esa época oscura en la que no teníamos futbol ni beisbol profesional fue cuando emergió el fenómeno Valente Arellano. Eran épocas en las que lo más común era ser aficionado a los toros, en las que en cualquier reunión se podía platicar sobre temas relacionados con la Fiesta Brava sin que ninguna persona se sintiera ofendida, ni mucho menos quisiera censurar a sus interlocutores autoadjudicándose una hipócrita superioridad moral.

Era común que se transmitieran festejos taurinos en televisión abierta, las voces opositoras a la tauromaquia eran casi imperceptibles. La sociedad mexicana vivía en paz y si bien, ya había sectores hipócritas dentro de ella, la oposición a la tauromaquia estaba muy lejos de ponerse de moda. Se hablaba de la “Sociedad Protectora de Animales” como un organismo muy lejano, totalmente anglosajón, muy ajeno a nuestra sociedad.

En ese contexto, en televisión presencié aquella encerrona de Manolo Martínez con seis toros de diversas ganaderías en la Plaza de Toros México. El mismo Manolo anunciaba en televisión la tarjeta American Express, mientras que la imagen de Mariano Ramos aparecía en un anuncio de calzado: botas Siete Leguas; Curro Rivera actuaba en la televisión esporádicamente. El torero era ídolo. Cada aficionado tenía su torero favorito. 

Bajo este escenario apareció un muchacho arrojado y lleno de condiciones de nombre Valente Arellano Salum, quien provocaba el cotarro en cada plaza en la que se presentaba. Quienes en aquel entonces seguíamos el curso de la Fiesta Brava solamente por la prensa, saltábamos de gusto al escuchar o leer cómo se gestaba un ídolo de la afición taurina; y más porque ese nuevo ídolo era nuestro coterráneo.

Debido a que siempre tuvimos mis vecinos y yo la buena costumbre de devorar los periódicos del día – en casa leía los diarios locales, primero “La Opinión” y después, cuando mi padre cambió sus suscripción, “El Siglo de Torreón”; mientras que con mis vecinos podía leer “Esto” y “Excélsior”, ya que diariamente, a eso del mediodía, les dejaban un ejemplar en su puerta – de modo que nos manteníamos bien enterados de todo el acontecer deportivo. De esta manera seguíamos, entre otras, la ascendente carrera de Valente Arellano. Cuando el lagunero se presentaba en la plaza México, estábamos al pendiente. Normalmente, al terminar la sección del futbol mexicano en el programa deportivo dominical “Deportv”, apagábamos la televisión y volvíamos a la calle a jugar; en ocasiones sí nos quedábamos a ver el colofón del programa, que era el resumen taurino, y más si sabíamos que Valente había toreado ese día en el coso de Insurgentes. Recuerdo cuando se anunció que, como novillero, alternaría en la México con los dos novilleros con quien tenía mayor rivalidad: Ernesto Belmont y Manolo Mejía, nos enteramos que los boletos se habían agotado con días de anticipación. Vimos cómo el de Gómez Palacio había salido triunfador en aquella tarde. El triunfo le sonreía. Yo soñaba con juntar dinero para poder asistir, así fuera solo, como normalmente lo hacía al estadio Corona, a presenciar un festejo en el que Valente toreara.

Por la prensa me enteré que el lagunero tomaría su alternativa en la plaza de toros de Monterrey, en el mes de junio, cuando yo estaba a punto de egresar de la primaria. Durante las vacaciones, leía en los periódicos que Valente seguía cosechando triunfos, ahora como matador de toros. Dos meses después, en agosto de 1984, me enteré que el ídolo de La Laguna torearía en un festival en el lienzo charro del Kilómetro 11-40, en Gómez, junto a su padre, su apoderado y el matador Alfonso Ramírez “Calesero”. Al ver los precios de los boletos, dejé de pensar en ir a dicho festejo, tendría que pedir prestado y, además, acudir solo, dado que mis amigos no hubieran querido ir. 

El sábado 4 de agosto de 1984, fecha en la que se encontraba programado el festejo, me desperté temprano, ya que teníamos programado partido de futbol en el Campestre Torreón. Antes de salir de casa, abrí el periódico para dar una hojeada rápida, en primera plana estaba la nota que detallaba el accidente que Valente Arellano había sufrido tras chocar su motocicleta. Me invadió la tristeza. El camino desde mi casa hasta la cancha se me hizo eterno. A pesar de que Santos Laguna ya me había dado la primera alegría al haber logrado el ascenso a la Segunda División “A”, tenía la ilusión de que un oriundo de la Comarca Lagunera se convirtiera en el mandón de la torería mexicana. A pesar de que nunca vi torear a Valente en la plaza, me sentía cercano a él. En mi imaginación estaba cada lance, cada estocada, cada gesta heroica que la prensa me narraba. Al ver las escenas de sus triunfos en la plaza México, así como los resúmenes que se transmitían en los canales locales, me emocionaba. Todo ese gozo se fue al pozo. Al llegar a la cancha del Campestre, mientras me calzaba los tachones, vi que el padre de uno de mis compañeros de equipo abría un ejemplar del mismo periódico que yo había leído una hora antes; en aquel ejemplar la primera plana era idéntica a la que ya había visto yo, excepto que, en la parte en la que yo había leído acerca del deceso del matador, venía una nota relativa al festejo que estaba por realizarse aquella tarde en el lienzo charro. Lo anterior se lo comenté a Javier, uno de mis coequiperos, y él no me creyó. Le dije que yo qué quisiera que aquel suceso no fuera cierto. Más tarde llegó el entrenador con su ejemplar del periódico, uno idéntico al que yo había leído. Le arrebaté y lo mostré para que me creyera:

—Mira, pinche Javier: no estoy jodiendo. Tristemente es neta, ¡estoy que me lleva la chingada!

Al leer la nota, Javier también se entristeció y me dijo:

—Ojalá la llegue a librar. Aunque de un madrazo de ese tamaño no creo que se salve.
Me confesó que en su casa tenían boletos para asistir al festival a realizarse por la tarde. Después de lo acontecido, seguramente el festival taurino quedaría cancelado.

En eso, iban llegando otro jugador de nuestro equipo y su padre. Éste último escuchó nuestra conversación. Nos interrumpió para informarnos:

—Chavos: ahorita que veníamos para acá, en la radio confirmaron que Valente ya murió.

Al terminar aquel partido, que perdimos, Javier y yo recibimos tremenda regañiza por parte de nuestro entrenador:

—Par de cabrones, se la pasaron en la pendeja todo el juego. ¿Tan chavillos y ya pensando en viejas? ¿O qué les pasa? Si no los saqué es porque apenas nos completamos.

Apechugamos el regaño sin responder nada. Javier y yo sabíamos que nuestra mente no estaba puesta en fémina alguna, sino en una pérdida que no pudo hallar consuelo siquiera en el placer de patear el balón. 

A mediodía, el canal de televisión local de mayor audiencia interrumpió su programación habitual para transmitir desde el Oratorio Santa Emilia, localizado en la agencia funeraria de Avenida Juárez y Calle La Opinión, todo lo relativo a los funerales de quien en pocos años nos hizo ilusionarnos tanto, a los laguneros y a la afición taurina en general.

Son 36 años sin Valente, quien sigue en la memoria de la afición taurina mexicana tan vigente como siempre. En pocos años, en su mayoría como novillero, logró trascender.

viernes, 3 de julio de 2020

El Último Brindis - Conchita Cintrón


El toreo y la vida



"Se torea como se es", decía el Maestro Juan Belmonte. 

Y sí: el toreo es un símil de la vida. En el ruedo se representa el drama de la vida y la muerte. Cada quien enfrenta al toro a su manera. Cada quien con su estilo. Caso contario, es hipocresía, misma que será captada por el respetable, el cual le corresponderá con una sonora rechifla.  

Nada mejor para explicarlo que este bello pensamiento de la rejoneadora Conchita Cintrón (AntofagastaChile; 1922 - LisboaPortugal; 2009), publicado en el diario lagunero "El Siglo de Torreón", el 14 de octubre de 1973.


Conchita Cintrón. Tijuana. 1941
El Último Brindis
¿Quién no tiene que lidiar con la vida? Cada día es una incógnita encerrada en el chiquero de la noche. Como el toro, el destino es una realidad engalanada de quimeras. Sale al ruedo para mirarnos frente a frente. Un día más, un toro más. Horas grises, triunfos, lágrimas o muerte; ¿quién sabe lo que tiene en suerte? ¿Cuántas noches han sido patios de cuadrillas?
Para todos es igual la primavera e igual será la última corrida. Cuando suenen –derraderos– los clarines, a cada hombre le tocará encontrarse, solo y descubierto, frente a frente con la Autoridad Suprema... para brindarle su última faena.

 
 
 

jueves, 26 de marzo de 2020

Jauja

Homenaje a un gran aficionado al beisbol

Publicado en Intelisport el 9 de marzo de 2020


—Ahí les encargamos a mi jefe. Ya se está haciendo viejo.
Lo anterior nos suplicaron una noche algunos aficionados  los hijos de Lucio Pérez Batres, quien era mejor conocido como Jauja en el mundo del beisbol lagunero.
La súplica de estas personas quedó en mi mente, y procuré cumplirla, ya que don Lucio, si bien se veía entero, como buen hombre de campo, ya tenía cierta edad. Me quedó la conciencia tranquila ya que, en la medida de mis posibilidades económicas, le proporcioné algunas ayudas en efectivo, así como múltiples rides del estadio al hotel en el que se hospedaba tras finalizar los partidos en el estadio de la Revolución, ya que a esa hora los autobuses suburbanos no daban servicio.
Durante la última temporada en la que se tuvo beisbol en el Parque Superior, recuerdo haberlo visto a lo lejos en la tribuna. Era un señor muy pintoresco, que siempre portaba un sombrero y solía gritar en apoyo al equipo, así como una que otra frase que despertaba la hilaridad de la concurrencia. Debido a mi corta edad, no le daba gran importancia.
Una vez que se tuvo nuevamente beisbol de Liga Mexicana, volví a toparme a tan simpático aficionado. Escuchaba que la gente se refería a él como “Jauja”. Realmente, era un aficionado como cualquiera y que, amenizaba el ambiente en las gradas del parque, debido a las frases célebres que profería y a que, en los lapsos en los que los equipos cambian de posición en el campo de juego tras caer el tercer out, en ocasiones bailaba en el pasillo entre las gradas.
Una vez que compré abono en el estadio de la Revolución, comencé a convivir con el popular “Jauja”, ya que algunos de sus patrocinadores eran mis vecinos de butaca; eran ellos quienes le indicaban los lugares que no tenían dueño, o alguna cuyo dueño no asistiría esa noche, para que ahí se sentara. Digo que mis vecinos de asiento eran sus patrocinadores, ya que ahí conocí mucho acerca de él. Su apodo se debió a que era originario del ejido Jauja, cercano a Tlahualilo. Como buen ejidatario, su fuente de ingresos era la siembra y cosecha de su parcela; generalmente los deliciosos e inigualables melones y sandías de aquella región. Con su dinero viajaba hasta Torreón para presenciar encuentros ya sea de la Liga Mexicana, o bien, de la Liga Mayor. En aquellos años, comentaba que “andaba amolado”, pero que podía seguir asistiendo regularmente a los parques gracias a la generosidad de muchas personas que le ayudaban. Principalmente, don Jorge Dueñes Zurita: presidente de Unión Laguna en aquellos tiempos, quien le proporcionaba un pase de cortesía, con el que podía ingresar a todos los partidos de los Algodoneros como locales. Además, cada vez que asistía al estadio, don Jorge le daba dinero suficiente para cubrir el costo del hotel en el que se hospedaría –un hotel muy humilde, ubicado en el sector Alianza, en el que, me decía cada vez que lo llevé hasta allá en mi vehículo, tenía cama para dormir, baño, y le cobraban bara–, el importe del pasaje de regreso y el de un plato de menudo, que se desayunaba antes de partir de regreso a su casa. Esto cuando no tenía quien lo llevara hasta su casa de regreso, cosa que sucedía cuando Juan “Charras” Hernández era coach del equipo, y que, tras finalizar los partidos, viajaba a dormir a su casa en Tlahualilo. Por lo demás, los vecinos de butaca le patrocinaban la cerveza y algo de cenar.
CapturaRealmente, una vez que Jauja aparecía en las tribunas, se auguraba un partido entretenido; si no lo iba a ser por lo sucedido en el terreno de juego, sí lo iba a ser por la manera en la que don Lucio amenizaba. En algunas ocasiones esperaba a que cayera el tercer out del episodio en el que arribaba al estadio, para dirigirse del túnel hacia la butaca que ocuparía para presenciar el juego. Si la melodía que tocaba el organista era bailable, Jauja emprendía la marcha al son de los acordes de dicha melodía mientras gritaba:
—CHAVOS: ¡YA LLEGUÉ!… ¡ÁBRANSEN!
Algunos asistentes le respondían con algunos improperios, que don Lucio ignoraba, mientras que otros acompañaban con las palmas el baile por él realizado.
El repertorio de Jauja era muy variado y para toda ocasión:
Si el equipo contrario estaba al bat y había dos outs en la pizarra, Jauja gritaba:
— ¡DOS Y MEDIO!
De la misma manera, si había menos de dos outs y el rival había logrado colocar algún corredor en base, el grito era:
—¡ESE VALE DOS!
Cuando el lanzador local le pasaba dos strikes similares al bateador rival, la frase que gritaba era:
—¡AHÍ COME!
En aquellos años, cuando la barda ubicada detrás de los jardines no era tan elevada, podía observarse al fondo cómo los aviones se elevaban tras haber despegado del aeropuerto de Torreón. Si lo anterior sucedía cuando el lanzador se disponía a ir a la goma –cuando no se tenía la espantosa costumbre de cubrir esas pausas con música a todo volumen por parte del sonido local–, Jauja se levantaba de su lugar y gritaba:
—CHAVOS, FÍJENSEN: ESE AVIÓN VA PA’JAUJA… ¡ME CAE DE A MADRE QUE ESE AVIÓN VA PA’JAUJA!
Cuando un batazo salía de foul, de la tribuna emergía la voz de Jauja gritando:
AMPAYER: DIGA: ¡FAUBOL!
Algunos de los encargados de contar las bolas y strikes detrás del plato, le hacían segunda y gritaban: “FAUBOL”. En corto, don Lucio me contaba que, antes de los encuentros, se asomaba a la entrada a la cueva de los umpires, localizada al lado del vestidor del equipo local. Algunos de ellos se dejaban saludar por él, y hasta comentaban: “¿tons qué, Jauja… faubol?”, mientras que otros eran hiperlactantes y ni siquiera le permitían acercarse.
Cuando se paraba a batear un extranjero por parte del equipo rival, cuya piel era de color oscuro, Jauja lo asustaba gritando:
—OYE, BATEADOR. AGUZADO… ¡AHÍ VIENE CASTRO RUZ!… Y TE ANDA BUSCANDO.
Mientras que, cuando se paraba a batear el legendario Dave Stockstill, aquel pundonoroso jardinero derecho del equipo algodonero, Jauja lo arengaba gritando:
ESTOSTIL: ¡YOU VERY GOOD, MAIFRÉN!
Posteriormente, tras las burlas de algunos asistentes por su inglés, replicaba:
—OIGAN: PA’SER EJIDATARIO NO ESTÁ MAL…
En ocasiones, cuando un jugador cometía un error grosero, no faltaba quien, en tono de guasa, gritaba:
—¡HAZ DE SER DE JAUJA!
A lo que don Lucio respondía:
—ES DE LEQUEITIO.
En situaciones extremas, en las que Unión Laguna bateaba, con cuenta llena y dos out en la pizarra y hombres en base, se escuchaba su grito famoso, dirigido a don Pedro Orta, quien en aquel entonces se colocaba como coach de primera base:
—CHAROL: ¡TÚ TAMBIÉN CORRES!
Cuando un bateador del equipo local pegaba un extrabase, Jauja gritaba una vez que el bateador pisaba la primera base y cambiaba el curso para dirigirse a la almohadilla intermedia:
—CHAVOS: ¡ASÍ DOBLO YO!
Acto seguido, nos decía en voz no tan alta:
—…las tortillas.
Y, cuando quien pegaba un extrabase era un toletero rival, una vez que éste recién pasaba por la primera base, Jauja gritaba:
—AMPAYER: ¡NO PISÓ!
Alguien que siempre que visitaba el Revolución mostraba un trato sencillo y afable, con Jauja y en general, era José Ramírez Gamero: líder obrero quien en aquellos tiempos era Gobernador del Estado de Durango. A diferencia de su contraparte coahuilense, quien llegaba rodeado de guaruras y secuestraba el palco principal, Ramírez Gamero llegaba solo –si llevaba elementos de seguridad, éstos eran sumamente discretos, ya que no se daban a notar–, se sentaba en las butacas a nivel de terreno junto a los directivos del club. Cuando coincidía con Jauja, éste le gritaba:
—COMPADRE GAMERO: ¡LANCE ALGO! TOTAL: AHÍ ME LO ANOTA EN LA CARTERA VENCIDA.
Pronto, ya estaba Marín, el cervecero de siempre en La Laguna, sirviéndole a Jauja una cerveza mientras le espetaba: “Se la manda don Pepe, viejo chípil. ¡Hoy va a pistear de nuestros impuestos!”
Mientras Jauja daba el primer sorbo a su vaso, gritaba de pie:
—COMPADRE GAMERO: ¡MUCHAS GRACIAS!
Infinidad de damas bailaron junto a Jauja en los lapsos entreinnings que hay en cada partido, incluyendo una señorita que, en aquel momento, ostentaba el título de Miss Durango. Algunas accedían de buena gana a bailar con él; pero, como el campeón de bateo es también quien más se poncha, en muchas ocasiones fue rechazado. Lo anterior no hacía mella en su ánimo. Si no tenía pareja, bailaba solo, ya sea la melodía que tocaran, o bien, usualmente pedía su favorita, ya fuera al organista local, o bien, a la banda que en ocasiones tocaba en vivo:
—CHAVOS: ¡TÓQUENME LA GÜERA SALOMÉ!
Cuando le preguntábamos por qué lo había rechazado la dama para bailar, nos contestaba:
—Quería hacerse dueña de la parcela…. y así, pos no.
Hoy. 9 de marzo de 2020, se cumplen veinte años del fallecimiento de este singular personaje, a quien recuerdo en cada ocasión que veo un partido de beisbol, un avión despegando, o cuando degusto un melón o una sandía.

¡Hasta siempre, Don Nacho!

Recuerdos de don Ignacio Trelles

Publicado en Intelisport el 25 de marzo de 2020


Hoy desperté con la triste noticia de que, durante la madrugada, había dejado de existir don Nacho Trelles. Nostálgico, compartí en mi perfil y con mis grupos futboleros de Facebook la nota publicada en la edición digital de El Heraldo de México, agregando lo siguiente: “Se fue el último tótem del futbol mexicano. Muere el hombre, nace la leyenda”. Y es que, desde que tengo memoria, Ignacio Trelles Campos (Guadalajara, Jal. 31 de julio de 1916 – Ciudad de México, 25 de marzo de 2020) era ya un símbolo del viejo lobo de mar, del director técnico que se las sabía de todas, todas. Junto con don Fernando Marcos (1913 – 2000), eran considerados las leyendas más grandes de nuestro futbol.

Rápidamente, se vinieron escenas a mi mente. Recuerdo haberlo visto en el estadio Moctezuma, sentado en la banca del equipo visitante, detrás de la cual nos ubicamos, en la tribuna de Sombra Norte; en aquellos años las bancas eran, como su nombre lo indica, bancas: sin respaldo, ubicadas entre las escaleras que conducían a los vestidores y la línea de banda de la cancha. Su vestimenta como DT siempre fue la misma: pants con los colores y el escudo del equipo al que dirigía, playera tipo polo, y su infaltable cachucha —el hombre de la cachucha, llegó a llamarlo el también finado locutor Ángel Fernández (1925 – 2006), otro tótem—. No recuerdo haberlo visto levantarse del banquillo durante aquel partido en el que la Máquina Celeste derrotó a la Ola Verde por la mínima diferencia, en aquel ya lejano 1978. Cuando volvió el futbol de Primera División a La Laguna, lo vi, ya más envejecido, cuando vino dirigiendo a la U. de G. En el inter, crecí viendo a su Cruz Azul ser campeón en dos ocasiones, y cuando aquel Universidad de Olaf, Tuca, Hugo Sánchez, Luis Flores, Manuel Negrete, López Zarza y más, lo dejó a un partido de conquistar el tricampeonato. Después dirigir al Atlante y a la U. de G., donde debutó a los “Tres Alegres Compadres”: Alfonso Sosa, Octavio Mora y Daniel Guzmán.

Ignacio Trelles fue durante mucho tiempo, el DT más ganador en la historia del futbol mexicano, habiendo logrado siete campeonatos de liga —Marte, 1953-54; Zacatepec, 1954-55 y 1957-58; Toluca, 1966-67 y 1967-68; Cruz Azul, 1978-79 y 1979-80—, además de cinco subcampeonatos —América, 1961-62 y 1963-64; Toluca, México ’70 y 1970-71; Cruz Azul, 1980-81—, así como torneos de Copa e internacionales, sin olvidar que fue el primer DT campeón de la Segunda División, al ascender a Zacatepec en 1951. Alcanzó a ver, a sus 102 años de edad, alcanzada su marca por Ricardo “Tuca” Ferretti —Campeón con Guadalajara, Verano 1997; U.N.A.M., Clausura 2009; U.A.N.L., Apertura 2011, Apertura 2015, Apertura 2016, Apertura 2017 y Clausura 2019; subcampeón con Guadalajara, Invierno 1998; U.A.N.L., Invierno 2001, Apertura 2014, Clausura 2017; U.N.A.M., Apertura 2007—. Además, dirigió a la selección mexicana en los Mundiales Chile 1962 e Inglaterra 1966, así como a en los Juegos Olímpicos de Tokio 1964 y México 1968.

En las épocas en las que la Comarca Lagunera no tuvo equipo de futbol, mis amigos y yo seguíamos los pocos partidos que transmitían en la televisión. Nachito siempre nos divertía al dirigir al Atlante. Recuerdo que, en una ocasión en la que estábamos viendo uno de aquellos partidos, don Nacho recurrió a su colmillo largo y retorcido para hacer tiempo, provocar a los jugadores del conjunto rival —se dice que llegó a ponchar los balones que caían en sus manos—, etc. El árbitro, uno de aquellos señorones, de los que sí tenían personalidad, no se anduvo con contemplaciones y procedió a expulsarlo de la cancha. Camino al vestidor, el reportero de cancha de la televisora que transmitía el partido lo abordó y le preguntó su opinión, acercando el micrófono a su boca. Don Nacho respondió con su voz pausada, arrastrando las palabras: “Estos hombres, son denigrantes para nuestro futbol”. Después, en las cascaritas callejeras, cuando a alguno de nosotros no nos gustaba lo decidido —que si el balón iba muy alto, que si pasó por encima de la piedra que colocábamos para delimitar la portería imaginaria, que si fue falta o no— repetíamos aquella frase del Hombre de la cachucha.

Autor de otras frases como aquella respuesta a un reportero que se le acercó emocionado, una vez que se consumó la primera victoria mexicana en mundiales de futbol, en la que se derrotó tres goles por uno a Checoslovaquia, y le dijo eufórico: “Nachito…. GANAMOS”, a lo que Nachito respondió: “¿Ganamos? Que yo sepa, usted no juega en el equipo”. Aquella otra que me resulta de uso común: “si quieren caldo de liebre, lo primero que se necesita es la liebre”. También sigo disfrutando de aquella genialidad que le contestó a finales del siglo pasado a Carlos Reinoso, quien, como DT de América había declarado que, los equipos mexicanos que debían siempre disputar el torneo Pre-Libertadores, que en aquellos años se disputaba ante los equipos venezolanos clasificados, eran América y Guadalajara; “por tradición”, fue la justificación del chileno, a lo que don Nacho, cuando un reportero le preguntó su opinión al respecto, declaró: “si es por tradición, manden mejor a unas chinas poblanas”.

Sencillo, hogareño, no era un hombre adepto a los micrófonos y/o reflectores. Al haber fallecido en medio de la contingencia actual, no tendrá velorio, no habrá aglomeraciones en torno a sus restos mortales, los que serán despedidos discretamente. Homenajes tuvo muchos en vida, afortunadamente. Quizá el eligió este momento para despedirse conforme a su manera de ser.


En fin, anécdotas, datos y frases por doquier saldrán en estos días. Por mi parte, sirvan estas líneas como un sencillo homenaje a un hombre que marcó mi infancia futbolera.

lunes, 30 de diciembre de 2019

La Laguna: bendita tierra futbolera

Diálogos con Tadeo – Capítulo V




«EL LAGUNA Y EL TORREÓN ERAN UN PAR DE EQUIPOS MÁS MALOS QUE SARITA SOSA Y EL PAPÁ DE LUIS MIGUEL JUNTOS… SIEMPRE ANDABAN PELEANDO POR NO DESCENDER. ES MÁS: UNA VEZ JUGARON LA LIGUILLA DEL DESCENSO ENTRE ELLOS… YO FUI A VER ESE JUEGO».

De esa manera gritaba hoy a mediodía un señor al que, por sus facciones, considero septuagenario –a menos que tenga menos edad y haya sido corrido sin aceite–. Llegué al bar en el que acostumbro reunirme con mi amigo Tadeo, a quien no sé si considerar el más aficionado de todos los villamelones, o al más villamelón de todos los aficionados. Nos sentamos junto a la barra, ya que las mesas ya se encontraban ocupadas por los parroquianos de siempre. Tras platicar acerca de los temas futboleros de esta época: balance del Apertura 2019 para Santos Laguna, el armado del equipo para el próximo Clausura 2020, el golazo de Funes Mori con el que Monterrey ganó el partido de ida de la final anoche, salió el tema de los jugadores de los extintos equipos de futbol en la Comarca Lagunera que partieron a mejor vida este año ­–José “La Caica” Zamora, “Capi” Lima, Raúl “Güero” Navarro, entre otros–. Al escuchar lo anterior, el sujeto al inicio mencionado, quien se encontraba a cinco bancos de distancia de nosotros, se acercó para meter su cuchara, queriendo arrebatar la razón a punta de gritos.

Si bien Laguna se fue de esta tierra cuando yo contaba con seis años recién cumplidos de edad, he escuchado infinidad de leyendas acerca de ambos equipos y sus reiteradas luchas para eludir la pérdida de la categoría en aquellos años. Por lo anterior, ya había investigado al respecto y, estaba seguro, de que lo que aquel metichón sujeto gritoneaba, era falso. Debido a que el objeto de haber acudido a la botana fue el de darnos el abrazo navideño Tadeo y yo, pude eludir el tema tirándolo a loco. Pero ya que se nos había pegado, sentándose en el banco contiguo de la barra, lo confronté.

—Con todo respeto, maistro –le respondí–; lo que usted dice no es cierto.

—¿Usté que va a saber de eso, cabrón, si yo creo ni había nacido cuando esos equipos existían? – Fue su energúmena y despectiva respuesta.

—Pues tampoco había nacido cuando ocurrió la revolución, y sé que muchas lecciones de la historia oficial son totalmente falsas, porque he leído –respondí, tratando de no ser agresivo con él, para no hacer olas y que aquello terminara mal–. Versiones sobre aquellos años he escuchado muchas, y todas muy diferentes.

A la par de las recopilaciones estadísticas que me he encargado de formar, me ha gustado recurrir a archivos históricos y hemerotecas para, ya sea confirmar o desechar por falsas algunas historias que he escuchado. La que más me llamó la atención fue una que escuché en las gradas del estadio Corona allá por 1990, de boca de un amigo, quien ahora cuenta con 65 años de edad; me afirmó que, en un torneo de aquellos años, ambos equipos –Laguna y Torreón– jugaron la liguilla el no descenso, que así le llamaban, aunque creo que lo más correcto hubiera sido llamarle liguilla por la permanencia. En esa ocasión, versa la versión que me contó mi amigo, jugaban los cuatro equipos entre sí, y los dos con mayor cantidad de puntos se salvaban… y ambos conjuntos laguneros se salvaron. Esta versión resultó ser si no falsa, cuando menos imprecisa. Volviendo al sujeto que irrumpió en nuestra plática, si bien no acostumbro a mostrar mis códigos fuentes a extraños, y menos en bares; con el fin de callarle el hocico a este sujeto, bajé los archivos correspondientes de uno de los varios sitios remotos en las que respaldo mi acervo y me coloqué entre este incursionador sujeto y Tadeo, mostrádoles la pantalla de mi teléfono:

—A ver, señor. Asómese: aquí están los datos históricos.

Don José, quien funge como barman desde hace años y a quien conocí en otro bar cuando comencé mi vagancia en esos menesteres hace poco más de 30 años, me dijo:

—Restriégueselo en la cara, inge, porque está medio seguetas, y, además, como buen necio, no quiere ver lo que no le conviene…

—Antes que nada –aclaré– le voy a decir algo: en el primer torneo que jugaron ambos equipos, el 1969-70, Torreón fue penúltimo lugar en la tabla y Laguna, el último…

—Ai ta… ¿Ya ve? –Soltó el sujeto en son de triunfo–. Fue en ese torneo.

—Pues fíjese que no –respondí–. En aquel torneo, se estableció que, como era torneo previo al Mundial México 70, se suprimió el descenso…

—¡Ándele, pinche viejo mentiroso! –Gritó don José desde un extremo de la barra mientras despachaba una ronda de bebidas a uno de los meseros.

—Y sí. –continué, mostrándole el archivo de dicho torneo en la pantalla del celular–. Mire: el siguiente torneo, el México 70, fue disputado por ambos equipos; y después, el 1970-71, fue jugado por los mismos dieciséis equipos, con el detalle de que Oro cambió su nombre a Jalisco, y que, además, se incrementó la competencia a dieciocho clubes, añadiendo al campeón de la Segunda División: Zacatepec, y al triunfador del promocional: Puebla. Al final de ese torneo, la serie por la permanencia fue jugada por Atlas: último del Grupo Corsarios, y Pachuca: último lugar del Grupo Piratas. Si recuerda: después del Mundial, cambió el sistema de competencia a dividir a los dieciocho equipos en dos grupos, y los últimos de cada grupo jugaban por eludir el descenso.

—A ver, sígale con el siguiente torneo –dijo molesto el señor.

—Va –respondí mientras cambiaba la proyección de documento en la pantalla–. Torneo 1971-72. Para ese torneo, cambió lo relativo al descenso, condenando a jugar dicha instancia a los dos equipos ubicados en la parte baja de cada grupo. Laguna fue sexto del Grupo “A”, mientras que Torreón fue octavo del Grupo “B”, siendo condenado a jugarse su puesto en la máxima categoría en esta serie por la permanencia. Si recuerda, en la primera serie, perdió ante Atlético Español para disputarse la permanencia a un solo partido frente a Irapuato; partido que Torreón ganó por la mínima con gol de Aníbal Tarabini, y en el que René Vizcaíno le paró un penal a Mariano Ubiracy, que hubiera significado el empate.

—Ah, sí…. Ví el partido en la tele –dijo en voz baja el importunador.

—Pues bien –respondí–: pues en ese torneo TAMPOCO jugaron hubo partido entre Laguna y Torreón por evitar el descenso.

—Debe ser otro torneo…. ¡DELE! –dijo, un poco más molesto, el señor que nos irrumpió con su necedad.

—OK –respondí pasando nuevamente la página–, vamos al 1972-73. Mire: en éste, sí tuvieron que jugar tanto Laguna como Torreón la serie por no descender…

—¿YA VÉ? ¿YA VÉ? –gritó el sujeto–. Yo les decía que sí me acordaba…. Y ustedes diciéndome mentiroso…

—¡Pérese, güey! –paré en seco al sujeto que, mientras gritaba, me aventaba la hediondez de su boca en la nariz, mientras que llenaba de saliva la pantalla de mi teléfono–. Mire: Torreón y Laguna fueron los dos últimos lugares del Grupo “Juan Carreño”, y tuvieron que enfrentar a los últimos del Grupo “Pirata Fuente”. Laguna enfrentó a Zacatepec, ganando por la mínima en la ida en San Isidro, y perdiendo también por un gol a cero en la vuelta, en el Coruco Díaz; y en el partido de desempate, en el estadio Jalisco, Laguna ganó por goleada de tres a cero para conseguir su salvación; por otro lado, Torreón enfrentó a Pachuca, empatando a cero en la ida en el Moctezuma, y ganando tres goles a uno en la vuelta, en el estadio Revolución de la capital hidalguense. La serie que dirimió el descenso fue jugada entre Zacatepec y Pachuca, por lo que, si bien ambos equipos laguneros disputaron la permanencia, NO SE ENFRENTARON ENTRE ELLOS –le espeté mientras tomaba una servilleta para limpiar la pantalla del teléfono de las babas del sujeto que mostraba signos cada vez más avanzados de encabronamiento.

—¿Quiere más, viejo aferrao… o le guiso un güevo? –increpó don José, con una sonrisa socarrona, a nuestro necio amigo, mientras rellenaba de tequila nuestros caballitos, tal como le había solicitado Tadeo.

—A ver, sígale pasando a su librito –insistió el cada vez más molesto sujeto–. ¡YO FUI A ESE PINCHE PARTIDO!

Mientras intercambiaba miradas preventivas con Tadeo, don José y el Cus-Cús, uno de los meseros del bar, por si el viejillo jodón se llegase a violentar, pasé la página y le mostré nuevamente.

—Va el último torneo en el que participaron ambos equipos.

—¡POS FUE EN ESE! –gritó nuevamente el necio individuo.

—¡Pos fíjese que tampoco! –respondí mientras me disponía a mostrarle los datos del torneo 1973-74.

—¡CHINGAOS QUE NO! Si fue el último torneo del Torreón, ahí descendió –insistió el tipo.

—No descendió, güey… le vendieron el equipo a la U de G –interrumpió don José–. Ya no le haga caso, Inge: así se pone de pinche necio.

—Se pone así de jodón y después nos anda acusando quesque le andamos sirviendo los bacachos adulterados –remató el Cus-Cús.

Aguantando la risa, esperando no provocar al ya molesto sujeto, le mostré nuevamente el teléfono.

—Mire: en aquel torneo, volvió a jugarse el descenso entre dos equipos: los últimos lugares de cada grupo. Laguna fue el equipo trece de los dieciocho participantes, pero fue último de su grupo. Torreón ocupó la posición catorce, pero fue quinto del otro grupo. Con todo y lo anterior, Laguna tuvo que disputar la permanencia ante San Luis; empataron en la ida a cero goles en el estadio Plan de San Luis, y Laguna ganó dos a cero la vuelta, en San Isidro. Entonces, el partido por el descenso que usted dice, nunca se jugó.

Fuente: Hemeroteca Digital de El Siglo de Torreón. 6 de mayo de 1974

—¡Ándele, cabrón! Siga inventando chingaderas –le espetó don José, mientras regresé a la banca que ocupaba junto a la barra antes de mostrarle los datos a don jodón–. Como siempre: usté puras feiniús.

—¿Y eso qué es? –preguntó el sujeto con los ojos ya desorbitados, mientras don José, el Cus-Cús, el resto de los meseros y parte de la concurrencia reía a carcajadas.

—Pos noticias falsas, como dice el Donal Tromp –respondió el Cus-Cús, ante las cada vez más sonoras carcajadas del resto de los parroquianos.

—No lo va a convencer… ese güey tiene otros datos –complementó Chelelo, otro mesero, antes de ordenarle a don José dos Victorias y un Don Julio derecho.

Las carcajadas continuaban y el sujeto que aseguraba haber asistido a un partido que nunca se jugó, miraba a meseros y parroquianos con ojos de pistola. Principalmente a mí, puesto que fui quien lo puso en evidencia. A fin de evitar roces, me levanté y fui al sanitario. Había aguantado las ganas de destensar la vejiga en lo que mostraba los datos al metiche sujeto, así que, por necesidad y prudencia, me retiré un momento de donde se regodeaban de lo lindo de este individuo quien, por lo visto, suele necear en cada ocasión en la que acude a libar al bar atendido por don José. “Ya píntale a la chingada, feiniús”; escuché a lo lejos mientras me encontraba en el WC. “Ya se le quedó el apodo”, pensé. “A joder a tu casa, pinche viejo latoso”, se escuchó otro grito.

Al regresar a mi lugar en la barra, noté que ya no se encontraba ahí nuestro interlocutor. Tadeo me informó que, mientras yo procedía a cambiarle el agua a las aceitunas, el sujeto pidió la cuenta, pagó y se retiró mentando madres.

—Ese pinche viejo es latoso y voluble –comenzó a relatarnos don José, mientras pasaba el trapo limpiando la barra–: lo conozco desde hace muchos años. Le servía en el Colonial y lo veía en el Estadio, los dos le íbamos al Torreón, porque somos de los barrios cercanos al bosque. Ya en el Moctezuma no recuerdo haberlo visto: yo iba a sol, y él dice que iba a los numerados. Cremoso, él. Además, es contreras. Fíjese –continuó, dirigiéndose a mí–: ¿recuerda cuando le servía en el bar aquel cerca de la Alameda, cuando estaba la santosmanía y que todo Torreón salía a las calles cuando el Santos ganaba los partidos en liguilla, de un pelao barbón, con look así como el Buki,  que comenzó a chingar con que lo del Santos no era nada comparado con la pasión que despertaban Torreón y Laguna, y que Adomaitis y Apud no le llegaban ni a los talones a los peruanos del Torreón, y mucho menos a Genoni y Tarabini?

—Ahora recuerdo –respondí–, ¿a poco era ese cabrón?

—¡A huevo! En estos últimos diez años se ha avejentado mucho porque no le para a la pisteadera, y se tumbó la barba para no aparentar tanta edad. Quizá por eso usted no lo reconoció. Pero por eso le digo que es bien voluble: hoy te habla maravillas de alguien, y en dos meses va a llegar diciendo que esa misma persona no vale madre, y que él siempre lo ha dicho.

—Aunque si se fija, don José –precisé–, no pretendí burlarme de este señor. En primer lugar, porque no lo conozco, y por lo tanto, no me llevo con él; y en segundo lugar, porque después de tantos años, los datos se van mezclando. También me contaron otra versión respecto a lo que él afirmaba, que dice que, en 1974, cuando estaba por jugarse la serie por la permanencia entre Laguna y San Luis, don Juan Abusaíd, dueño del Torreón, recibió la oferta de la Universidad de Guadalajara, cuyo equipo se quedó a un paso de ascender perdiendo la final de la Segunda División ante el Universitario de Nuevo León, para comprarle la franquicia. Al enterarse de dicha intención, según la versión que escuché, un grupo de aficionados se apersonó ante el Sr. Abusaíd para pedirle que reconsiderara, con el argumento de que, si el Torreón era vendido y Laguna descendía, la Comarca pasaría de tener dos equipos en Primera División a no tener ninguno. Según esta versión, la respuesta de don Juan fue la siguiente: “si Laguna desciende, no vendo; si Laguna permanece, vendo”. Por lo que, de esta manera, uno de los dos equipos quedaría fuera del máximo circuito del futbol mexicano. De ser cierta dicha versión, me imagino el ambiente que se vivió en La Laguna previo a dichos partidos, porque los seguidores del Torreón seguramente querían que Laguna descendiera para que su equipo permaneciera; mientras que los seguidores del Laguna querían que su equipo se salvara del descenso, y si eso implicaba la desaparición del Torreón, no era su problema.

—Pues yo no recuerdo eso –respondió don José mientras miraba hacia el techo, como haciendo memoria–. Pero, finalmente, siendo cierto o no lo que dice que le contaron, en la cancha el rival del Laguna fue San Luis, no Torreón. Igual y ese fue el juego al que fue fue el feiniús, y seguramente andaba pedo y por eso no recuerda bien.

—O lo soñó –opinó Tadeo.

Pagamos la cuenta, nos despedimos y partimos a nuestros hogares. Llegué a casa con la curiosidad acerca de la versión de la versión sobre lo sucedido en 1974 que le había contado a don José hoy en la botana. Ingresé a la hemeroteca digital encontrando información en la edición del lunes 29 de abril de 1974, en la que aparece la nota acerca del empate obtenido por Laguna en San Luis, en el partido de ida de la serie por evitar el descenso. Asimismo, se informó que en esa misma fecha se jugaron los partidos de ida de las semifinales de la Segunda División, en el que la U. de G. venció a domicilio dos goles por cero a Salamanca, mientras que en León, Universitario de Nuevo León sacaba el empate a cero goles de la cancha de Unión de Curtidores. En la edición del lunes 6 de mayo aparece la reseña del partido en el que Laguna venció el día anterior a San Luis en el Parque San Isidro para salvarse. Ese mismo día se jugaron los partidos de vuelta de las semifinales de la Segunda División. Los siguientes dos domingos se jugó la final por el ascenso, en el que U. de Nuevo León venció en la final a la U. de G. Es decir: la venta del Torreón jamás dependió del resultado del Laguna en la serie por la permanencia, ya que cuando la Universidad de Guadalajara realizó la oferta de compra por la franquicia del Torreón, tras fracasar en su intento de ascender por la vía deportiva a la Primera División, Laguna ya se encontraba salvado y sus jugadores, seguramente, de vacaciones.

Cuento lo anterior porque, desgraciadamente, la afirmación de que Laguna y Torreón jugaron entre sí en una liguilla por la permanencia, ha sido escuchada por mí en varias ocasiones. Aunque ésta es la primera en que alguien aseguró haber asistido a ese partido que, como relaté anteriormente, jamás se jugó.

Esperando no les haya aburrido este largo relato futbolero-botanero y que hayan pasado una muy feliz navidad, les envío mis mejores deseos para el 2020, desde la región en la que ninguno de los tres equipos que ha tenido en Primera División, ha sufrido un descenso.

jueves, 10 de octubre de 2019

El día en que Santos Laguna volvió millonario a un lagunero

Su afición puede hacerlo millonario



Sábado 10 de marzo de 1990. Por la tarde acudí a la Unidad Deportiva Torreón a disputar un partido programado por la liga en la que uno de los equipos con los que jugaba estaba inscrito. Sabía que a las 5 de la tarde, Santos Laguna jugaría en el estadio Azteca, visitando a Cruz Azul, equipo que no estaba teniendo un torneo como el anterior, en el que llegó a la final, perdiéndola ante América. Además de que teníamos partido por disputar, sabíamos que aquel Cruz Azul vs Santos Laguna no sería transmitido por televisión abierta ni por cable en la Comarca Lagunera, y que en el bar en el que poco más de un año antes solían sintonizar la señal de los encuentros disputados por Santos Laguna con su antena parabólica ya no lo hacían, dado que pasó de ser bar deportivo a lugar en el que connotados miembros de la sociedad lagunera acudían con sus amores secretos, así que nos resignarnos a no ver el encuentro disputado por los Guerreros.

Tras terminar el partido que disputé con mi equipo, los compañeros y yo conversamos un buen rato, mientras nos retirábamos los zapatos, calcetas, espinilleras, vendajes; y nos sacudíamos la tierra que se nos metía por todos los recovecos corporales, producto de las barridas y revolcadas sufridas al fragor de la batalla. La plática se prolongó hasta que vimos que el sol se metió y comenzaba a oscurecer. Me despedí, tomé mi maleta y caminé rumbo a la salida del complejo deportivo, ubicada en el Paseo de la Rosita. En el camino, observé a un señor sentado detrás de una de las porterías de la cancha contigua al velódromo, quien repentinamente estalló en júbilo, gritando y festejando. Me llamó la atención su reacción, ya que ésta no correspondía a lo que sucedía en ese momento en la cancha hacia donde él miraba, en la que el balón se disputaba cerca del círculo central. Al acercarme más, noté que el señor escuchaba un aparato de radio, del que emergían sonidos que parecían ser una narración de evento deportivo. Por la hora, pensé en que, posiblemente, Santos Laguna había anotado un gol. Me acerqué un poco más y le pregunté:

—¿Qué, compa? ¿Cómo van?

El señor, jubiloso me respondió:

—Ya se acabó, compa…. ¡GANÓ EL SANTOS!

La noticia que me daba significaba apenas la tercera victoria de Santos Laguna como visitante en torneos de liga. En el torneo 1988-89, primero del conjunto albiverde en el máximo circuito del futbol mexicano, no pudo conseguir victoria alguna en patio ajeno. En el torneo que corría, 1989-90, ya se habían obtenido dos triunfos de visita, ante Puebla y Cobras de Cd. Juárez. Sin embargo, el hacerlo ante el subcampeón vigente, y tras cuatro visitas consecutivas con derrota, hacía lucir reconfortante esa victoria, tanto para el paso del equipo, como para callar bocas de cuanto cruzazulino conocido se tenía, ya que ellos habían vaticinado que sus cementeros propinarían una goliza de época a los de verde y blanco.

Con la alegría, aún mezclada con un poco de escepticismo, continué interrogando al señor:

—¡A toda madre! ¿Cuántos a cuántos?

—¡Tres a dos, compa! Nos iban ganando, ¡pero les dimos la vuelta! De puro gusto, llegando al cantón me voy a echar unas caguamotas.

—Buena idea, compa –respondí–. Deje voy a comprarme unas también. ¡Gracias!

Por la noche, en la transmisión del partido desde el estadio Jalisco, los comentaristas confirmaron el resultado.

Al día siguiente, por la mañana desayunamos leyendo la reseña del partido y, por la tarde, a las seis en punto, nos sentamos frente al televisor de la casa para ver el resumen en DeporTV. Tras la primera hora de programa en la que se habló de otros deportes, llegó el momento esperado cuando, al lado del conductor, José Ramón Fernández, apareció sentado Raúl Orvañanos, para analizar la jornada recién concluida del torneo mexicano.

El Siglo de Torreón. Portada de la sección deportiva que daba cuenta del triunfo de Santos Laguna ante Cruz Azul

Se proyectó el resumen del encuentro, en el que, como me dijo el señor que se encontraba el día anterior en la Unidad Deportiva, Cruz Azul se fue arriba en el marcador con gol de Luis Flores. Posteriormente, el fino volante uruguayo Luis Heimen empató el marcador; Eugenio Dolmo anotó el gol que le daba a Santos Laguna la ventaja, misma que fue ampliada con anotación de David Solís. En las postrimerías, Cruz Azul descontó con anotación del argentino Walter Fernández para sellar el marcador final.

Tras concluir con los resúmenes de los partidos de la jornada, se proyectaron las tablas de clasificaciones por grupos, general, goleo individual, así como los partidos de la siguiente jornada. De ahí, como cada domingo, se enlazaron a las oficinas de Pronósticos, desde donde Carlos Albert informaba acerca de los resultados del concurso progol de la semana. En aquella ocasión dijo, palabras más, palabras menos, lo siguiente:

“Amigos: aquí está la mascarilla con la quiniela ganadora del Concurso Progol número 591, en la que hubo UN SOLO VISITANTE, que fue el Santos Laguna, que le ganó a Cruz Azul. En esta ocasión hay UN SOLO GANADOR… y, para que vean lo que es tenerle fe a su equipo, ¿de dónde cree que es este ganador? DE TORREÓN. Ese aficionado al Santos se lleva la bolsa garantizada de más de 400 millones de pesos”.

En este caso, se cumplió el slogan de Pronósticos para la Asistencia Pública: “su afición puede hacerlo millonario”. ¡VAYA QUE SI!

Resultados del Concurso Progol correspondiente al día 11 de marzo de 1990

Las jornadas futbolero-beisboleras en la Comarca Lagunera

De cuando coincidían eventos en los dos estadios vecinos



Dos de los deportes a los que los habitantes de la Comarca Lagunera somos más aficionados, son, sin duda, el futbol y el beisbol. Quizá el box y la lucha libre serían los otros dos deportes que se les podrían equiparar. Se cuenta que estas dos disciplinas comenzaron a practicarse en estas tierras desde finales del Siglo XIX. Mientras que en las haciendas propiedad de españoles el pasatiempo era patear la de gajos, en las posesiones de los estadounidenses la de ciento ocho costuras iba y venía.

La costumbre de dedicar las tardes dominicales a presenciar partidos de futbol y beisbol se remonta a varias décadas atrás. A finales de la década de los 40s y principios de los 50s del siglo anterior, se contaba con equipo de beisbol profesional que competía en la Liga Mexicana, mientras que el futbol era jugado a un gran nivel, aunque en ligas de aficionados.

Si bien, cuando el club Laguna hizo su incursión en el futbol profesional, en el año 1954, Unión Laguna había dejado de participar en la Liga Mexicana de Beisbol. Esto no obstaba para que algunos aficionados laguneros acudieran por las mañanas a presenciar algún partido de la Liga Mayor de La Laguna y, por la tarde, al Parque San Isidro a presenciar el encuentro de futbol cuando Laguna –y seis años más tarde, el Cataluña, después Torreón– jugaba como local; de la misma manera en la que unos años antes acudían a presenciar los partidos de futbol amateur que se jugaban en San Isidro y, por la noche, al estadio de la Revolución a alentar a los Algodoneros.

Acudir a presenciar encuentros de ambas disciplinas implicaba gastar una gran parte del día, así como traslados que, en aquel entonces, no eran tan sencillos para mucha gente, aunque el amor por sus equipos –y por andar en la bola– hacía que los laguneros realizaran aquellos tours deportivos. En 1970, cuando Unión Laguna regresó a jugar en la Liga Mexicana, la comarca ya contaba con dos equipos profesionales jugando en el máximo circuito. Durante gran parte del año, todos los domingos había partido de futbol de primera división en estas tierras, por lo que, los domingos en los que la novena algodonera jugaba como local, se prestaba para correr la carrera larga, aunque los traslados no eran tan sencillos, sobre todo para quienes no contaban con vehículo en qué trasladarse. Acudir al Parque San Isidro, casa de Laguna, o al estadio Moctezuma –después rebautizado como Estadio Corona–, sede del Torreón, y posteriormente trasladarse hasta el  Estadio Laguna –ahora llamado Estadio Gómez Palacio–, ubicado en el Blvd. Miguel Alemán a la altura del Km. 11-40, implicaba tiempo, dinero y esfuerzo.

La situación ideal para la afición a ambos deportes se presentó durante una parte de la década de los 70s, cuando los Algodoneros del Unión Laguna se mudaron de sede al Parque Superior, de tribunas desarmables, que fue traído de la ciudad de Houston, Texas para ser instalado en el mismo predio en el que se encontraba el estadio Moctezuma.

Hace algunos días recordé, en una charla en la que se encontraban personas de diversas edades, que, en una ocasión, al salir de presenciar un partido de futbol en el estadio Moctezuma, mi padre me llevó de la mano caminando hacia el estadio vecino para presenciar el juego de pelota que estaba iniciando. Alguien aseguró haber durado muchos años realizando esta permanencia voluntaria dominical. Lo anterior me pareció impreciso, por lo que efectuamos cuentas, encontrando lo siguiente:

El Parque Superior se inauguró en la Comarca Lagunera en el mes de marzo de 1975, fecha en la que el estadio Moctezuma se encontraba cerrado: la franquicia del Club de Futbol Torreón fue vendida a la Universidad de Guadalajara a mediados del año 1974, y Laguna continuaba teniendo como su casa San Isidro.

Durante el mes de septiembre de 1976 se cerró el parque San Isidro y Laguna se mudó a jugar al estadio Moctezuma. Al iniciar el torneo 1976-77 de la Primera División, Unión Laguna había finalizado su temporada de aquel año: el 3 de septiembre de 1976, en partido celebrado en el Superior, los Diablos Rojos del México se coronaron campeones del circuito beisbolero al derrotar al conjunto algodonero en el sexto juego de la serie final.

Fue hasta el 8 de mayo de 1977 cuando coincidieron por primera vez partidos dominicales en los estadios vecinos. En aquella ocasión, Laguna venció a Toluca dos goles a uno y, posteriormente, Unión Laguna se impuso a los Sultanes de Monterrey cinco carreras por tres. Dos semanas después ambos equipos repitieron como locales: Laguna venció a la Universidad Autónoma de Guadalajara tres goles por cero y, posteriormente, la afición remató con doble juego en el que los Algodoneros salieron triunfantes ante los Alacranes de Durango, seis carreras por cero en el primero y seis a dos en el segundo.  Jornada perfecta.

El tercer domingo en el que coincidieron encuentros en ambos cosos fue el 31 de julio de 1977, día en el que se jugó la jornada 1 del campeonato 1977-78 de la Primera División, en el que Laguna cayó ante Guadalajara dos goles contra cuatro; posteriormente Unión Laguna dividió triunfos en doble cartelera ante los Tigres capitalinos; los visitantes se llevaron el primero con marcador de seis carreras contra una, mientras que los laguneros vencieron en el segundo cuatro carreras a dos. Dos domingos después, Laguna empató a un gol con León, y por la noche Unión Laguna venció a los Saraperos de Saltillo una carrera por cero.

Ambos equipos volvieron a coincidir como locales hasta el 26 de marzo de 1978, cuando Laguna empató en el Moctezuma sin anotaciones frente a la UNAM. Después, Unión Laguna blanqueó a Saltillo anotándole cinco carreras.

La última doble cartelera que se llevó a cabo en aquellos estadios vecinos se llevó a cabo el 7 de mayo de 1978, día en el que, nadie, a excepción de a familia Macisse de la ciudad de México, sabíamos que sucedería, Laguna jugaría su último partido antes de ser vendida su franquicia para convertirse en Deportivo Neza. Aquella tarde el conjunto verdiblanco goleó a Monterrey cuatro goles por cero. Horas después, La Laguna le repetía la dosis a la Sultana, ya que Unión Laguna apaleó a los Sultanes de Monterrey trece carreras por dos. Por lo anterior se concluye que estas coincidencias no fueron tantas como aseguraba mi amigo, sin embargo, debieron ser muy emotivas para que la gente de aquellas épocas las recuerde tanto.

El beisbol continuó jugándose en el Superior, mientras que el Moctezuma lucía solo y triste en medio del estacionamiento de aquel complejo ubicado al oriente de la ciudad de Torreón. A finales de 1981, aquel hermoso parque de pelota fue nuevamente desarmado y trasladado a la ciudad de Tampico, quedando la Comarca sin equipos profesionales.

Por supuesto que, desde el año 1985 a la fecha, lapso en el que volvimos a tener futbol y beisbol profesional en esta tierra de manera ininterrumpida, se han dado infinidad de coincidencias entre partidos de balompié y pelota. Muchos aficionados hemos efectuado la carrera larga cuando menos en una ocasión –los traslados entre el antiguo estadio Corona y el estadio de la Revolución ya no resultaban tan largos, tras la ampliación de las vialidades de la ciudad de Torreón– siguiendo esta bonita costumbre.

En estos días, los encuentros en ambos estadios han coincidido en horario, por lo que, mientras los mortales no logremos emular a Kalimán, será imposible realizar este tour deportivo-social. Sin embargo, el apoyo a nuestros equipos y el amor por el solaz y la vagancia de los laguneros se ha consolidado como una bonita costumbre. Apoyemos a nuestros equipos y hagamos perdurar nuestras tradiciones.