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martes, 4 de agosto de 2020

Mis recuerdos de Valente Arellano

Así recuerdo el ascenso y fin del ídolo lagunero.



Durante esa época oscura en la que no teníamos futbol ni beisbol profesional fue cuando emergió el fenómeno Valente Arellano. Eran épocas en las que lo más común era ser aficionado a los toros, en las que en cualquier reunión se podía platicar sobre temas relacionados con la Fiesta Brava sin que ninguna persona se sintiera ofendida, ni mucho menos quisiera censurar a sus interlocutores autoadjudicándose una hipócrita superioridad moral.

Era común que se transmitieran festejos taurinos en televisión abierta, las voces opositoras a la tauromaquia eran casi imperceptibles. La sociedad mexicana vivía en paz y si bien, ya había sectores hipócritas dentro de ella, la oposición a la tauromaquia estaba muy lejos de ponerse de moda. Se hablaba de la “Sociedad Protectora de Animales” como un organismo muy lejano, totalmente anglosajón, muy ajeno a nuestra sociedad.

En ese contexto, en televisión presencié aquella encerrona de Manolo Martínez con seis toros de diversas ganaderías en la Plaza de Toros México. El mismo Manolo anunciaba en televisión la tarjeta American Express, mientras que la imagen de Mariano Ramos aparecía en un anuncio de calzado: botas Siete Leguas; Curro Rivera actuaba en la televisión esporádicamente. El torero era ídolo. Cada aficionado tenía su torero favorito. 

Bajo este escenario apareció un muchacho arrojado y lleno de condiciones de nombre Valente Arellano Salum, quien provocaba el cotarro en cada plaza en la que se presentaba. Quienes en aquel entonces seguíamos el curso de la Fiesta Brava solamente por la prensa, saltábamos de gusto al escuchar o leer cómo se gestaba un ídolo de la afición taurina; y más porque ese nuevo ídolo era nuestro coterráneo.

Debido a que siempre tuvimos mis vecinos y yo la buena costumbre de devorar los periódicos del día – en casa leía los diarios locales, primero “La Opinión” y después, cuando mi padre cambió sus suscripción, “El Siglo de Torreón”; mientras que con mis vecinos podía leer “Esto” y “Excélsior”, ya que diariamente, a eso del mediodía, les dejaban un ejemplar en su puerta – de modo que nos manteníamos bien enterados de todo el acontecer deportivo. De esta manera seguíamos, entre otras, la ascendente carrera de Valente Arellano. Cuando el lagunero se presentaba en la plaza México, estábamos al pendiente. Normalmente, al terminar la sección del futbol mexicano en el programa deportivo dominical “Deportv”, apagábamos la televisión y volvíamos a la calle a jugar; en ocasiones sí nos quedábamos a ver el colofón del programa, que era el resumen taurino, y más si sabíamos que Valente había toreado ese día en el coso de Insurgentes. Recuerdo cuando se anunció que, como novillero, alternaría en la México con los dos novilleros con quien tenía mayor rivalidad: Ernesto Belmont y Manolo Mejía, nos enteramos que los boletos se habían agotado con días de anticipación. Vimos cómo el de Gómez Palacio había salido triunfador en aquella tarde. El triunfo le sonreía. Yo soñaba con juntar dinero para poder asistir, así fuera solo, como normalmente lo hacía al estadio Corona, a presenciar un festejo en el que Valente toreara.

Por la prensa me enteré que el lagunero tomaría su alternativa en la plaza de toros de Monterrey, en el mes de junio, cuando yo estaba a punto de egresar de la primaria. Durante las vacaciones, leía en los periódicos que Valente seguía cosechando triunfos, ahora como matador de toros. Dos meses después, en agosto de 1984, me enteré que el ídolo de La Laguna torearía en un festival en el lienzo charro del Kilómetro 11-40, en Gómez, junto a su padre, su apoderado y el matador Alfonso Ramírez “Calesero”. Al ver los precios de los boletos, dejé de pensar en ir a dicho festejo, tendría que pedir prestado y, además, acudir solo, dado que mis amigos no hubieran querido ir. 

El sábado 4 de agosto de 1984, fecha en la que se encontraba programado el festejo, me desperté temprano, ya que teníamos programado partido de futbol en el Campestre Torreón. Antes de salir de casa, abrí el periódico para dar una hojeada rápida, en primera plana estaba la nota que detallaba el accidente que Valente Arellano había sufrido tras chocar su motocicleta. Me invadió la tristeza. El camino desde mi casa hasta la cancha se me hizo eterno. A pesar de que Santos Laguna ya me había dado la primera alegría al haber logrado el ascenso a la Segunda División “A”, tenía la ilusión de que un oriundo de la Comarca Lagunera se convirtiera en el mandón de la torería mexicana. A pesar de que nunca vi torear a Valente en la plaza, me sentía cercano a él. En mi imaginación estaba cada lance, cada estocada, cada gesta heroica que la prensa me narraba. Al ver las escenas de sus triunfos en la plaza México, así como los resúmenes que se transmitían en los canales locales, me emocionaba. Todo ese gozo se fue al pozo. Al llegar a la cancha del Campestre, mientras me calzaba los tachones, vi que el padre de uno de mis compañeros de equipo abría un ejemplar del mismo periódico que yo había leído una hora antes; en aquel ejemplar la primera plana era idéntica a la que ya había visto yo, excepto que, en la parte en la que yo había leído acerca del deceso del matador, venía una nota relativa al festejo que estaba por realizarse aquella tarde en el lienzo charro. Lo anterior se lo comenté a Javier, uno de mis coequiperos, y él no me creyó. Le dije que yo qué quisiera que aquel suceso no fuera cierto. Más tarde llegó el entrenador con su ejemplar del periódico, uno idéntico al que yo había leído. Le arrebaté y lo mostré para que me creyera:

—Mira, pinche Javier: no estoy jodiendo. Tristemente es neta, ¡estoy que me lleva la chingada!

Al leer la nota, Javier también se entristeció y me dijo:

—Ojalá la llegue a librar. Aunque de un madrazo de ese tamaño no creo que se salve.
Me confesó que en su casa tenían boletos para asistir al festival a realizarse por la tarde. Después de lo acontecido, seguramente el festival taurino quedaría cancelado.

En eso, iban llegando otro jugador de nuestro equipo y su padre. Éste último escuchó nuestra conversación. Nos interrumpió para informarnos:

—Chavos: ahorita que veníamos para acá, en la radio confirmaron que Valente ya murió.

Al terminar aquel partido, que perdimos, Javier y yo recibimos tremenda regañiza por parte de nuestro entrenador:

—Par de cabrones, se la pasaron en la pendeja todo el juego. ¿Tan chavillos y ya pensando en viejas? ¿O qué les pasa? Si no los saqué es porque apenas nos completamos.

Apechugamos el regaño sin responder nada. Javier y yo sabíamos que nuestra mente no estaba puesta en fémina alguna, sino en una pérdida que no pudo hallar consuelo siquiera en el placer de patear el balón. 

A mediodía, el canal de televisión local de mayor audiencia interrumpió su programación habitual para transmitir desde el Oratorio Santa Emilia, localizado en la agencia funeraria de Avenida Juárez y Calle La Opinión, todo lo relativo a los funerales de quien en pocos años nos hizo ilusionarnos tanto, a los laguneros y a la afición taurina en general.

Son 36 años sin Valente, quien sigue en la memoria de la afición taurina mexicana tan vigente como siempre. En pocos años, en su mayoría como novillero, logró trascender.

viernes, 3 de julio de 2020

El Último Brindis - Conchita Cintrón


El toreo y la vida



"Se torea como se es", decía el Maestro Juan Belmonte. 

Y sí: el toreo es un símil de la vida. En el ruedo se representa el drama de la vida y la muerte. Cada quien enfrenta al toro a su manera. Cada quien con su estilo. Caso contario, es hipocresía, misma que será captada por el respetable, el cual le corresponderá con una sonora rechifla.  

Nada mejor para explicarlo que este bello pensamiento de la rejoneadora Conchita Cintrón (AntofagastaChile; 1922 - LisboaPortugal; 2009), publicado en el diario lagunero "El Siglo de Torreón", el 14 de octubre de 1973.


Conchita Cintrón. Tijuana. 1941
El Último Brindis
¿Quién no tiene que lidiar con la vida? Cada día es una incógnita encerrada en el chiquero de la noche. Como el toro, el destino es una realidad engalanada de quimeras. Sale al ruedo para mirarnos frente a frente. Un día más, un toro más. Horas grises, triunfos, lágrimas o muerte; ¿quién sabe lo que tiene en suerte? ¿Cuántas noches han sido patios de cuadrillas?
Para todos es igual la primavera e igual será la última corrida. Cuando suenen –derraderos– los clarines, a cada hombre le tocará encontrarse, solo y descubierto, frente a frente con la Autoridad Suprema... para brindarle su última faena.

 
 
 

jueves, 26 de marzo de 2020

Jauja

Homenaje a un gran aficionado al beisbol

Publicado en Intelisport el 9 de marzo de 2020


—Ahí les encargamos a mi jefe. Ya se está haciendo viejo.
Lo anterior nos suplicaron una noche algunos aficionados  los hijos de Lucio Pérez Batres, quien era mejor conocido como Jauja en el mundo del beisbol lagunero.
La súplica de estas personas quedó en mi mente, y procuré cumplirla, ya que don Lucio, si bien se veía entero, como buen hombre de campo, ya tenía cierta edad. Me quedó la conciencia tranquila ya que, en la medida de mis posibilidades económicas, le proporcioné algunas ayudas en efectivo, así como múltiples rides del estadio al hotel en el que se hospedaba tras finalizar los partidos en el estadio de la Revolución, ya que a esa hora los autobuses suburbanos no daban servicio.
Durante la última temporada en la que se tuvo beisbol en el Parque Superior, recuerdo haberlo visto a lo lejos en la tribuna. Era un señor muy pintoresco, que siempre portaba un sombrero y solía gritar en apoyo al equipo, así como una que otra frase que despertaba la hilaridad de la concurrencia. Debido a mi corta edad, no le daba gran importancia.
Una vez que se tuvo nuevamente beisbol de Liga Mexicana, volví a toparme a tan simpático aficionado. Escuchaba que la gente se refería a él como “Jauja”. Realmente, era un aficionado como cualquiera y que, amenizaba el ambiente en las gradas del parque, debido a las frases célebres que profería y a que, en los lapsos en los que los equipos cambian de posición en el campo de juego tras caer el tercer out, en ocasiones bailaba en el pasillo entre las gradas.
Una vez que compré abono en el estadio de la Revolución, comencé a convivir con el popular “Jauja”, ya que algunos de sus patrocinadores eran mis vecinos de butaca; eran ellos quienes le indicaban los lugares que no tenían dueño, o alguna cuyo dueño no asistiría esa noche, para que ahí se sentara. Digo que mis vecinos de asiento eran sus patrocinadores, ya que ahí conocí mucho acerca de él. Su apodo se debió a que era originario del ejido Jauja, cercano a Tlahualilo. Como buen ejidatario, su fuente de ingresos era la siembra y cosecha de su parcela; generalmente los deliciosos e inigualables melones y sandías de aquella región. Con su dinero viajaba hasta Torreón para presenciar encuentros ya sea de la Liga Mexicana, o bien, de la Liga Mayor. En aquellos años, comentaba que “andaba amolado”, pero que podía seguir asistiendo regularmente a los parques gracias a la generosidad de muchas personas que le ayudaban. Principalmente, don Jorge Dueñes Zurita: presidente de Unión Laguna en aquellos tiempos, quien le proporcionaba un pase de cortesía, con el que podía ingresar a todos los partidos de los Algodoneros como locales. Además, cada vez que asistía al estadio, don Jorge le daba dinero suficiente para cubrir el costo del hotel en el que se hospedaría –un hotel muy humilde, ubicado en el sector Alianza, en el que, me decía cada vez que lo llevé hasta allá en mi vehículo, tenía cama para dormir, baño, y le cobraban bara–, el importe del pasaje de regreso y el de un plato de menudo, que se desayunaba antes de partir de regreso a su casa. Esto cuando no tenía quien lo llevara hasta su casa de regreso, cosa que sucedía cuando Juan “Charras” Hernández era coach del equipo, y que, tras finalizar los partidos, viajaba a dormir a su casa en Tlahualilo. Por lo demás, los vecinos de butaca le patrocinaban la cerveza y algo de cenar.
CapturaRealmente, una vez que Jauja aparecía en las tribunas, se auguraba un partido entretenido; si no lo iba a ser por lo sucedido en el terreno de juego, sí lo iba a ser por la manera en la que don Lucio amenizaba. En algunas ocasiones esperaba a que cayera el tercer out del episodio en el que arribaba al estadio, para dirigirse del túnel hacia la butaca que ocuparía para presenciar el juego. Si la melodía que tocaba el organista era bailable, Jauja emprendía la marcha al son de los acordes de dicha melodía mientras gritaba:
—CHAVOS: ¡YA LLEGUÉ!… ¡ÁBRANSEN!
Algunos asistentes le respondían con algunos improperios, que don Lucio ignoraba, mientras que otros acompañaban con las palmas el baile por él realizado.
El repertorio de Jauja era muy variado y para toda ocasión:
Si el equipo contrario estaba al bat y había dos outs en la pizarra, Jauja gritaba:
— ¡DOS Y MEDIO!
De la misma manera, si había menos de dos outs y el rival había logrado colocar algún corredor en base, el grito era:
—¡ESE VALE DOS!
Cuando el lanzador local le pasaba dos strikes similares al bateador rival, la frase que gritaba era:
—¡AHÍ COME!
En aquellos años, cuando la barda ubicada detrás de los jardines no era tan elevada, podía observarse al fondo cómo los aviones se elevaban tras haber despegado del aeropuerto de Torreón. Si lo anterior sucedía cuando el lanzador se disponía a ir a la goma –cuando no se tenía la espantosa costumbre de cubrir esas pausas con música a todo volumen por parte del sonido local–, Jauja se levantaba de su lugar y gritaba:
—CHAVOS, FÍJENSEN: ESE AVIÓN VA PA’JAUJA… ¡ME CAE DE A MADRE QUE ESE AVIÓN VA PA’JAUJA!
Cuando un batazo salía de foul, de la tribuna emergía la voz de Jauja gritando:
AMPAYER: DIGA: ¡FAUBOL!
Algunos de los encargados de contar las bolas y strikes detrás del plato, le hacían segunda y gritaban: “FAUBOL”. En corto, don Lucio me contaba que, antes de los encuentros, se asomaba a la entrada a la cueva de los umpires, localizada al lado del vestidor del equipo local. Algunos de ellos se dejaban saludar por él, y hasta comentaban: “¿tons qué, Jauja… faubol?”, mientras que otros eran hiperlactantes y ni siquiera le permitían acercarse.
Cuando se paraba a batear un extranjero por parte del equipo rival, cuya piel era de color oscuro, Jauja lo asustaba gritando:
—OYE, BATEADOR. AGUZADO… ¡AHÍ VIENE CASTRO RUZ!… Y TE ANDA BUSCANDO.
Mientras que, cuando se paraba a batear el legendario Dave Stockstill, aquel pundonoroso jardinero derecho del equipo algodonero, Jauja lo arengaba gritando:
ESTOSTIL: ¡YOU VERY GOOD, MAIFRÉN!
Posteriormente, tras las burlas de algunos asistentes por su inglés, replicaba:
—OIGAN: PA’SER EJIDATARIO NO ESTÁ MAL…
En ocasiones, cuando un jugador cometía un error grosero, no faltaba quien, en tono de guasa, gritaba:
—¡HAZ DE SER DE JAUJA!
A lo que don Lucio respondía:
—ES DE LEQUEITIO.
En situaciones extremas, en las que Unión Laguna bateaba, con cuenta llena y dos out en la pizarra y hombres en base, se escuchaba su grito famoso, dirigido a don Pedro Orta, quien en aquel entonces se colocaba como coach de primera base:
—CHAROL: ¡TÚ TAMBIÉN CORRES!
Cuando un bateador del equipo local pegaba un extrabase, Jauja gritaba una vez que el bateador pisaba la primera base y cambiaba el curso para dirigirse a la almohadilla intermedia:
—CHAVOS: ¡ASÍ DOBLO YO!
Acto seguido, nos decía en voz no tan alta:
—…las tortillas.
Y, cuando quien pegaba un extrabase era un toletero rival, una vez que éste recién pasaba por la primera base, Jauja gritaba:
—AMPAYER: ¡NO PISÓ!
Alguien que siempre que visitaba el Revolución mostraba un trato sencillo y afable, con Jauja y en general, era José Ramírez Gamero: líder obrero quien en aquellos tiempos era Gobernador del Estado de Durango. A diferencia de su contraparte coahuilense, quien llegaba rodeado de guaruras y secuestraba el palco principal, Ramírez Gamero llegaba solo –si llevaba elementos de seguridad, éstos eran sumamente discretos, ya que no se daban a notar–, se sentaba en las butacas a nivel de terreno junto a los directivos del club. Cuando coincidía con Jauja, éste le gritaba:
—COMPADRE GAMERO: ¡LANCE ALGO! TOTAL: AHÍ ME LO ANOTA EN LA CARTERA VENCIDA.
Pronto, ya estaba Marín, el cervecero de siempre en La Laguna, sirviéndole a Jauja una cerveza mientras le espetaba: “Se la manda don Pepe, viejo chípil. ¡Hoy va a pistear de nuestros impuestos!”
Mientras Jauja daba el primer sorbo a su vaso, gritaba de pie:
—COMPADRE GAMERO: ¡MUCHAS GRACIAS!
Infinidad de damas bailaron junto a Jauja en los lapsos entreinnings que hay en cada partido, incluyendo una señorita que, en aquel momento, ostentaba el título de Miss Durango. Algunas accedían de buena gana a bailar con él; pero, como el campeón de bateo es también quien más se poncha, en muchas ocasiones fue rechazado. Lo anterior no hacía mella en su ánimo. Si no tenía pareja, bailaba solo, ya sea la melodía que tocaran, o bien, usualmente pedía su favorita, ya fuera al organista local, o bien, a la banda que en ocasiones tocaba en vivo:
—CHAVOS: ¡TÓQUENME LA GÜERA SALOMÉ!
Cuando le preguntábamos por qué lo había rechazado la dama para bailar, nos contestaba:
—Quería hacerse dueña de la parcela…. y así, pos no.
Hoy. 9 de marzo de 2020, se cumplen veinte años del fallecimiento de este singular personaje, a quien recuerdo en cada ocasión que veo un partido de beisbol, un avión despegando, o cuando degusto un melón o una sandía.

¡Hasta siempre, Don Nacho!

Recuerdos de don Ignacio Trelles

Publicado en Intelisport el 25 de marzo de 2020


Hoy desperté con la triste noticia de que, durante la madrugada, había dejado de existir don Nacho Trelles. Nostálgico, compartí en mi perfil y con mis grupos futboleros de Facebook la nota publicada en la edición digital de El Heraldo de México, agregando lo siguiente: “Se fue el último tótem del futbol mexicano. Muere el hombre, nace la leyenda”. Y es que, desde que tengo memoria, Ignacio Trelles Campos (Guadalajara, Jal. 31 de julio de 1916 – Ciudad de México, 25 de marzo de 2020) era ya un símbolo del viejo lobo de mar, del director técnico que se las sabía de todas, todas. Junto con don Fernando Marcos (1913 – 2000), eran considerados las leyendas más grandes de nuestro futbol.

Rápidamente, se vinieron escenas a mi mente. Recuerdo haberlo visto en el estadio Moctezuma, sentado en la banca del equipo visitante, detrás de la cual nos ubicamos, en la tribuna de Sombra Norte; en aquellos años las bancas eran, como su nombre lo indica, bancas: sin respaldo, ubicadas entre las escaleras que conducían a los vestidores y la línea de banda de la cancha. Su vestimenta como DT siempre fue la misma: pants con los colores y el escudo del equipo al que dirigía, playera tipo polo, y su infaltable cachucha —el hombre de la cachucha, llegó a llamarlo el también finado locutor Ángel Fernández (1925 – 2006), otro tótem—. No recuerdo haberlo visto levantarse del banquillo durante aquel partido en el que la Máquina Celeste derrotó a la Ola Verde por la mínima diferencia, en aquel ya lejano 1978. Cuando volvió el futbol de Primera División a La Laguna, lo vi, ya más envejecido, cuando vino dirigiendo a la U. de G. En el inter, crecí viendo a su Cruz Azul ser campeón en dos ocasiones, y cuando aquel Universidad de Olaf, Tuca, Hugo Sánchez, Luis Flores, Manuel Negrete, López Zarza y más, lo dejó a un partido de conquistar el tricampeonato. Después dirigir al Atlante y a la U. de G., donde debutó a los “Tres Alegres Compadres”: Alfonso Sosa, Octavio Mora y Daniel Guzmán.

Ignacio Trelles fue durante mucho tiempo, el DT más ganador en la historia del futbol mexicano, habiendo logrado siete campeonatos de liga —Marte, 1953-54; Zacatepec, 1954-55 y 1957-58; Toluca, 1966-67 y 1967-68; Cruz Azul, 1978-79 y 1979-80—, además de cinco subcampeonatos —América, 1961-62 y 1963-64; Toluca, México ’70 y 1970-71; Cruz Azul, 1980-81—, así como torneos de Copa e internacionales, sin olvidar que fue el primer DT campeón de la Segunda División, al ascender a Zacatepec en 1951. Alcanzó a ver, a sus 102 años de edad, alcanzada su marca por Ricardo “Tuca” Ferretti —Campeón con Guadalajara, Verano 1997; U.N.A.M., Clausura 2009; U.A.N.L., Apertura 2011, Apertura 2015, Apertura 2016, Apertura 2017 y Clausura 2019; subcampeón con Guadalajara, Invierno 1998; U.A.N.L., Invierno 2001, Apertura 2014, Clausura 2017; U.N.A.M., Apertura 2007—. Además, dirigió a la selección mexicana en los Mundiales Chile 1962 e Inglaterra 1966, así como a en los Juegos Olímpicos de Tokio 1964 y México 1968.

En las épocas en las que la Comarca Lagunera no tuvo equipo de futbol, mis amigos y yo seguíamos los pocos partidos que transmitían en la televisión. Nachito siempre nos divertía al dirigir al Atlante. Recuerdo que, en una ocasión en la que estábamos viendo uno de aquellos partidos, don Nacho recurrió a su colmillo largo y retorcido para hacer tiempo, provocar a los jugadores del conjunto rival —se dice que llegó a ponchar los balones que caían en sus manos—, etc. El árbitro, uno de aquellos señorones, de los que sí tenían personalidad, no se anduvo con contemplaciones y procedió a expulsarlo de la cancha. Camino al vestidor, el reportero de cancha de la televisora que transmitía el partido lo abordó y le preguntó su opinión, acercando el micrófono a su boca. Don Nacho respondió con su voz pausada, arrastrando las palabras: “Estos hombres, son denigrantes para nuestro futbol”. Después, en las cascaritas callejeras, cuando a alguno de nosotros no nos gustaba lo decidido —que si el balón iba muy alto, que si pasó por encima de la piedra que colocábamos para delimitar la portería imaginaria, que si fue falta o no— repetíamos aquella frase del Hombre de la cachucha.

Autor de otras frases como aquella respuesta a un reportero que se le acercó emocionado, una vez que se consumó la primera victoria mexicana en mundiales de futbol, en la que se derrotó tres goles por uno a Checoslovaquia, y le dijo eufórico: “Nachito…. GANAMOS”, a lo que Nachito respondió: “¿Ganamos? Que yo sepa, usted no juega en el equipo”. Aquella otra que me resulta de uso común: “si quieren caldo de liebre, lo primero que se necesita es la liebre”. También sigo disfrutando de aquella genialidad que le contestó a finales del siglo pasado a Carlos Reinoso, quien, como DT de América había declarado que, los equipos mexicanos que debían siempre disputar el torneo Pre-Libertadores, que en aquellos años se disputaba ante los equipos venezolanos clasificados, eran América y Guadalajara; “por tradición”, fue la justificación del chileno, a lo que don Nacho, cuando un reportero le preguntó su opinión al respecto, declaró: “si es por tradición, manden mejor a unas chinas poblanas”.

Sencillo, hogareño, no era un hombre adepto a los micrófonos y/o reflectores. Al haber fallecido en medio de la contingencia actual, no tendrá velorio, no habrá aglomeraciones en torno a sus restos mortales, los que serán despedidos discretamente. Homenajes tuvo muchos en vida, afortunadamente. Quizá el eligió este momento para despedirse conforme a su manera de ser.


En fin, anécdotas, datos y frases por doquier saldrán en estos días. Por mi parte, sirvan estas líneas como un sencillo homenaje a un hombre que marcó mi infancia futbolera.