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jueves, 10 de octubre de 2019

El día en que Santos Laguna volvió millonario a un lagunero

Su afición puede hacerlo millonario



Sábado 10 de marzo de 1990. Por la tarde acudí a la Unidad Deportiva Torreón a disputar un partido programado por la liga en la que uno de los equipos con los que jugaba estaba inscrito. Sabía que a las 5 de la tarde, Santos Laguna jugaría en el estadio Azteca, visitando a Cruz Azul, equipo que no estaba teniendo un torneo como el anterior, en el que llegó a la final, perdiéndola ante América. Además de que teníamos partido por disputar, sabíamos que aquel Cruz Azul vs Santos Laguna no sería transmitido por televisión abierta ni por cable en la Comarca Lagunera, y que en el bar en el que poco más de un año antes solían sintonizar la señal de los encuentros disputados por Santos Laguna con su antena parabólica ya no lo hacían, dado que pasó de ser bar deportivo a lugar en el que connotados miembros de la sociedad lagunera acudían con sus amores secretos, así que nos resignarnos a no ver el encuentro disputado por los Guerreros.

Tras terminar el partido que disputé con mi equipo, los compañeros y yo conversamos un buen rato, mientras nos retirábamos los zapatos, calcetas, espinilleras, vendajes; y nos sacudíamos la tierra que se nos metía por todos los recovecos corporales, producto de las barridas y revolcadas sufridas al fragor de la batalla. La plática se prolongó hasta que vimos que el sol se metió y comenzaba a oscurecer. Me despedí, tomé mi maleta y caminé rumbo a la salida del complejo deportivo, ubicada en el Paseo de la Rosita. En el camino, observé a un señor sentado detrás de una de las porterías de la cancha contigua al velódromo, quien repentinamente estalló en júbilo, gritando y festejando. Me llamó la atención su reacción, ya que ésta no correspondía a lo que sucedía en ese momento en la cancha hacia donde él miraba, en la que el balón se disputaba cerca del círculo central. Al acercarme más, noté que el señor escuchaba un aparato de radio, del que emergían sonidos que parecían ser una narración de evento deportivo. Por la hora, pensé en que, posiblemente, Santos Laguna había anotado un gol. Me acerqué un poco más y le pregunté:

—¿Qué, compa? ¿Cómo van?

El señor, jubiloso me respondió:

—Ya se acabó, compa…. ¡GANÓ EL SANTOS!

La noticia que me daba significaba apenas la tercera victoria de Santos Laguna como visitante en torneos de liga. En el torneo 1988-89, primero del conjunto albiverde en el máximo circuito del futbol mexicano, no pudo conseguir victoria alguna en patio ajeno. En el torneo que corría, 1989-90, ya se habían obtenido dos triunfos de visita, ante Puebla y Cobras de Cd. Juárez. Sin embargo, el hacerlo ante el subcampeón vigente, y tras cuatro visitas consecutivas con derrota, hacía lucir reconfortante esa victoria, tanto para el paso del equipo, como para callar bocas de cuanto cruzazulino conocido se tenía, ya que ellos habían vaticinado que sus cementeros propinarían una goliza de época a los de verde y blanco.

Con la alegría, aún mezclada con un poco de escepticismo, continué interrogando al señor:

—¡A toda madre! ¿Cuántos a cuántos?

—¡Tres a dos, compa! Nos iban ganando, ¡pero les dimos la vuelta! De puro gusto, llegando al cantón me voy a echar unas caguamotas.

—Buena idea, compa –respondí–. Deje voy a comprarme unas también. ¡Gracias!

Por la noche, en la transmisión del partido desde el estadio Jalisco, los comentaristas confirmaron el resultado.

Al día siguiente, por la mañana desayunamos leyendo la reseña del partido y, por la tarde, a las seis en punto, nos sentamos frente al televisor de la casa para ver el resumen en DeporTV. Tras la primera hora de programa en la que se habló de otros deportes, llegó el momento esperado cuando, al lado del conductor, José Ramón Fernández, apareció sentado Raúl Orvañanos, para analizar la jornada recién concluida del torneo mexicano.

El Siglo de Torreón. Portada de la sección deportiva que daba cuenta del triunfo de Santos Laguna ante Cruz Azul

Se proyectó el resumen del encuentro, en el que, como me dijo el señor que se encontraba el día anterior en la Unidad Deportiva, Cruz Azul se fue arriba en el marcador con gol de Luis Flores. Posteriormente, el fino volante uruguayo Luis Heimen empató el marcador; Eugenio Dolmo anotó el gol que le daba a Santos Laguna la ventaja, misma que fue ampliada con anotación de David Solís. En las postrimerías, Cruz Azul descontó con anotación del argentino Walter Fernández para sellar el marcador final.

Tras concluir con los resúmenes de los partidos de la jornada, se proyectaron las tablas de clasificaciones por grupos, general, goleo individual, así como los partidos de la siguiente jornada. De ahí, como cada domingo, se enlazaron a las oficinas de Pronósticos, desde donde Carlos Albert informaba acerca de los resultados del concurso progol de la semana. En aquella ocasión dijo, palabras más, palabras menos, lo siguiente:

“Amigos: aquí está la mascarilla con la quiniela ganadora del Concurso Progol número 591, en la que hubo UN SOLO VISITANTE, que fue el Santos Laguna, que le ganó a Cruz Azul. En esta ocasión hay UN SOLO GANADOR… y, para que vean lo que es tenerle fe a su equipo, ¿de dónde cree que es este ganador? DE TORREÓN. Ese aficionado al Santos se lleva la bolsa garantizada de más de 400 millones de pesos”.

En este caso, se cumplió el slogan de Pronósticos para la Asistencia Pública: “su afición puede hacerlo millonario”. ¡VAYA QUE SI!

Resultados del Concurso Progol correspondiente al día 11 de marzo de 1990

Las jornadas futbolero-beisboleras en la Comarca Lagunera

De cuando coincidían eventos en los dos estadios vecinos



Dos de los deportes a los que los habitantes de la Comarca Lagunera somos más aficionados, son, sin duda, el futbol y el beisbol. Quizá el box y la lucha libre serían los otros dos deportes que se les podrían equiparar. Se cuenta que estas dos disciplinas comenzaron a practicarse en estas tierras desde finales del Siglo XIX. Mientras que en las haciendas propiedad de españoles el pasatiempo era patear la de gajos, en las posesiones de los estadounidenses la de ciento ocho costuras iba y venía.

La costumbre de dedicar las tardes dominicales a presenciar partidos de futbol y beisbol se remonta a varias décadas atrás. A finales de la década de los 40s y principios de los 50s del siglo anterior, se contaba con equipo de beisbol profesional que competía en la Liga Mexicana, mientras que el futbol era jugado a un gran nivel, aunque en ligas de aficionados.

Si bien, cuando el club Laguna hizo su incursión en el futbol profesional, en el año 1954, Unión Laguna había dejado de participar en la Liga Mexicana de Beisbol. Esto no obstaba para que algunos aficionados laguneros acudieran por las mañanas a presenciar algún partido de la Liga Mayor de La Laguna y, por la tarde, al Parque San Isidro a presenciar el encuentro de futbol cuando Laguna –y seis años más tarde, el Cataluña, después Torreón– jugaba como local; de la misma manera en la que unos años antes acudían a presenciar los partidos de futbol amateur que se jugaban en San Isidro y, por la noche, al estadio de la Revolución a alentar a los Algodoneros.

Acudir a presenciar encuentros de ambas disciplinas implicaba gastar una gran parte del día, así como traslados que, en aquel entonces, no eran tan sencillos para mucha gente, aunque el amor por sus equipos –y por andar en la bola– hacía que los laguneros realizaran aquellos tours deportivos. En 1970, cuando Unión Laguna regresó a jugar en la Liga Mexicana, la comarca ya contaba con dos equipos profesionales jugando en el máximo circuito. Durante gran parte del año, todos los domingos había partido de futbol de primera división en estas tierras, por lo que, los domingos en los que la novena algodonera jugaba como local, se prestaba para correr la carrera larga, aunque los traslados no eran tan sencillos, sobre todo para quienes no contaban con vehículo en qué trasladarse. Acudir al Parque San Isidro, casa de Laguna, o al estadio Moctezuma –después rebautizado como Estadio Corona–, sede del Torreón, y posteriormente trasladarse hasta el  Estadio Laguna –ahora llamado Estadio Gómez Palacio–, ubicado en el Blvd. Miguel Alemán a la altura del Km. 11-40, implicaba tiempo, dinero y esfuerzo.

La situación ideal para la afición a ambos deportes se presentó durante una parte de la década de los 70s, cuando los Algodoneros del Unión Laguna se mudaron de sede al Parque Superior, de tribunas desarmables, que fue traído de la ciudad de Houston, Texas para ser instalado en el mismo predio en el que se encontraba el estadio Moctezuma.

Hace algunos días recordé, en una charla en la que se encontraban personas de diversas edades, que, en una ocasión, al salir de presenciar un partido de futbol en el estadio Moctezuma, mi padre me llevó de la mano caminando hacia el estadio vecino para presenciar el juego de pelota que estaba iniciando. Alguien aseguró haber durado muchos años realizando esta permanencia voluntaria dominical. Lo anterior me pareció impreciso, por lo que efectuamos cuentas, encontrando lo siguiente:

El Parque Superior se inauguró en la Comarca Lagunera en el mes de marzo de 1975, fecha en la que el estadio Moctezuma se encontraba cerrado: la franquicia del Club de Futbol Torreón fue vendida a la Universidad de Guadalajara a mediados del año 1974, y Laguna continuaba teniendo como su casa San Isidro.

Durante el mes de septiembre de 1976 se cerró el parque San Isidro y Laguna se mudó a jugar al estadio Moctezuma. Al iniciar el torneo 1976-77 de la Primera División, Unión Laguna había finalizado su temporada de aquel año: el 3 de septiembre de 1976, en partido celebrado en el Superior, los Diablos Rojos del México se coronaron campeones del circuito beisbolero al derrotar al conjunto algodonero en el sexto juego de la serie final.

Fue hasta el 8 de mayo de 1977 cuando coincidieron por primera vez partidos dominicales en los estadios vecinos. En aquella ocasión, Laguna venció a Toluca dos goles a uno y, posteriormente, Unión Laguna se impuso a los Sultanes de Monterrey cinco carreras por tres. Dos semanas después ambos equipos repitieron como locales: Laguna venció a la Universidad Autónoma de Guadalajara tres goles por cero y, posteriormente, la afición remató con doble juego en el que los Algodoneros salieron triunfantes ante los Alacranes de Durango, seis carreras por cero en el primero y seis a dos en el segundo.  Jornada perfecta.

El tercer domingo en el que coincidieron encuentros en ambos cosos fue el 31 de julio de 1977, día en el que se jugó la jornada 1 del campeonato 1977-78 de la Primera División, en el que Laguna cayó ante Guadalajara dos goles contra cuatro; posteriormente Unión Laguna dividió triunfos en doble cartelera ante los Tigres capitalinos; los visitantes se llevaron el primero con marcador de seis carreras contra una, mientras que los laguneros vencieron en el segundo cuatro carreras a dos. Dos domingos después, Laguna empató a un gol con León, y por la noche Unión Laguna venció a los Saraperos de Saltillo una carrera por cero.

Ambos equipos volvieron a coincidir como locales hasta el 26 de marzo de 1978, cuando Laguna empató en el Moctezuma sin anotaciones frente a la UNAM. Después, Unión Laguna blanqueó a Saltillo anotándole cinco carreras.

La última doble cartelera que se llevó a cabo en aquellos estadios vecinos se llevó a cabo el 7 de mayo de 1978, día en el que, nadie, a excepción de a familia Macisse de la ciudad de México, sabíamos que sucedería, Laguna jugaría su último partido antes de ser vendida su franquicia para convertirse en Deportivo Neza. Aquella tarde el conjunto verdiblanco goleó a Monterrey cuatro goles por cero. Horas después, La Laguna le repetía la dosis a la Sultana, ya que Unión Laguna apaleó a los Sultanes de Monterrey trece carreras por dos. Por lo anterior se concluye que estas coincidencias no fueron tantas como aseguraba mi amigo, sin embargo, debieron ser muy emotivas para que la gente de aquellas épocas las recuerde tanto.

El beisbol continuó jugándose en el Superior, mientras que el Moctezuma lucía solo y triste en medio del estacionamiento de aquel complejo ubicado al oriente de la ciudad de Torreón. A finales de 1981, aquel hermoso parque de pelota fue nuevamente desarmado y trasladado a la ciudad de Tampico, quedando la Comarca sin equipos profesionales.

Por supuesto que, desde el año 1985 a la fecha, lapso en el que volvimos a tener futbol y beisbol profesional en esta tierra de manera ininterrumpida, se han dado infinidad de coincidencias entre partidos de balompié y pelota. Muchos aficionados hemos efectuado la carrera larga cuando menos en una ocasión –los traslados entre el antiguo estadio Corona y el estadio de la Revolución ya no resultaban tan largos, tras la ampliación de las vialidades de la ciudad de Torreón– siguiendo esta bonita costumbre.

En estos días, los encuentros en ambos estadios han coincidido en horario, por lo que, mientras los mortales no logremos emular a Kalimán, será imposible realizar este tour deportivo-social. Sin embargo, el apoyo a nuestros equipos y el amor por el solaz y la vagancia de los laguneros se ha consolidado como una bonita costumbre. Apoyemos a nuestros equipos y hagamos perdurar nuestras tradiciones.

domingo, 11 de agosto de 2019

Fio Maravilha, nós gostamos de você

DE CÓMO UNA ACCIÓN FUTBOLERA INSPIRA MÚSICA


Ésta es la historia de un gol que inspiró una canción.

El anotador aludido, João Batista de Sales (Conselheiro Pena, Minas Gerais, 19 de enero de 1945) mejor conocido como Fio Maravilha, en aquel entonces jugaba para Flamengo. En una tarde de futbol del año 1972, tras anotar uno de sus acostumbrados goles de fantasía que, desgraciadamente, no se encuentra en video, provocó que la fanaticada (torçida le llaman en Brasil), extasiada comenzó a cantar:

Fio Maravilha, nós gostamos de você

(Fio Maravilha, nos encantas)

Fio Maravilha, faz mais um pra a gente ver!

(Fio Maravilha, ¡haz más para que la gente vea!)

Aquel día, el compositor Jorge Ben Jor, compositor de melodías famosísimas como Taj Mahal, País Tropical y Mas que Nada, se encontraba en la tribuna. Tras presenciar aquella chulada de gol, salió inspirado; tanto así que compuso una melodía alusiva en la que narra dicha anotación:

E novamente ele chegou com inspiração
(Y de nuevo llegó con inspiración)

Com muito amor, com emoção
(Con mucho amor, con emoción)

Com explosão e gol
(Con explosión y gol)

Sacudindo a torcida aos trinta e três minutos do segundo tempo
(Sacudiendo a la fanaticada a los treinta y tres minutos del segundo tiempo)

Depois de fazer uma jogada celestial em gol!
(¡Después de realizar una jugada celestial frente al marco!)

Tabelou, driblou dois zagueiros
(Plantado, caracoleó a dos defensores)

Deu um toque, driblou o goleiro
(Dio un toque, burlando al arquero)

Só não entrou com bola e tudo
Y no entró a la portería con todo y balón)

Porque teve humildade em gol!
(¡Porque tiene humildad en el gol!)

Foi um gol de classe
(Fue un gol con clase)

Onde ele mostrou sua malícia e sua raça
(Donde mostró su picardía y su raza)

Foi um gol de anjo, um verdadeiro gol de placa
(Fue un gol de ángel, un verdadero gol de placa)

Que a galeria agradecida assim cantava
(Que la tribuna agradecida así cantaba)

Foi um gol de anjo, um verdadeiro gol de placa
(Fue un gol de ángel, un verdadero gol de placa)

Que a galeria agradecida assim cantava
(Que la tribuna agradecida así cantaba)

Fio Maravilha, nós gostamos de você

(Fio Maravilha, nos encantas)

Fio Maravilha, faz mais um pra a gente ver!

(Fio Maravilha, ¡haz más para que la gente vea!)



Esta melodía, además de ser un himno para los seguidores del Club Flamengo, del que Ben Jor es fanático, forma parte del popurrí de Disco Samba, que bailamos en muchas bodas y demás festejos.

Así como en México se componen corridos y pasodobles, en Brasil se le componen sambas a sus héroes.


lunes, 15 de julio de 2019

¿Por qué el diablo ya no se aparece en la Comarca Lagunera?


Algo de mitología lagunera.



Son bien sabidas las historias de apariciones diabólicas en la Comarca Lagunera. Quizá la más famosa sea aquella de la muchacha guapa que, al bailar en la Pista de Lerdo, se dio cuenta que su pareja era el mismísimo Satanás, a quien, asegura, vio tenía una pata de cabra y otra de gallina.

Gustó tanto a Belcebú asustar y poseer almas laguneras, hasta que, en cierta ocasión, eligió a un prominente comerciante del Mercado Alianza, a quien abordó un sábado a media tarde al salir del bar “Gota de Uva” tras una típica tarde botanera.

Tras la súbita aparición del maligno, vestido con su tuxedo en color rojo, su barba bien cortada y alineada, sus cuernos y su trinche, el aliancero le espetó:

—Ora, puto… ¿Y tú qué? ¿A dónde es la pachanga?

—¿Cuál pachanga? –respondió el proveniente del Averno– Soy el diablo… y vengo por ti.
—Pos… está muy bueno el disfraz… pero no mames, ¿Qué vas a ser tú el diablo? –argumentó el comerciante lagunero.

El chamuco comenzó a molestarse ante la falta de miedo del felizmente alcoholizado sujeto, y le dijo:

—Mira: soy el diablo, y te lo voy a demostrar. ¿Ves esa casa que está ahí arriba del cerro?

—Si. ¿Qué tiene?

—Pos la voy a mover pa’bajo.

Y…. ¡MADRES! Que la casa cambia súbitamente de lugar.

El bodegateniente responde:

—Oye: pos ‘ta muy bueno el truco… mejor que los de Beto El Boticario. Pero no mames que eres el diablo. Es más: ya me caíste bien. Te invito un vino. Vamos a volver a entrar a la cantina.

—¿Cuál pinche cantina? –respondió enojado el demonio– Mira, cabrón: ¿Ves esa cabezota (la de Morelos, que en ese entonces estaba en lo alto del Cerro de la Cruz)? Pos la voy a cambiar pa’bajo también.

Y, otra vez…. ¡MADRES! El Morelos quedó en las faldas del cerro. 

—Oye, cabrón: ¡Eres bueno para eso de los trucos de magia! –dijo el aliancero, mientras eructaba los gases producto de la digestión de la botana–. ¡Ándale! Vamos a echarnos unos alcoholes mientras me platicas cómo le mueves a eso de la magia.

El diablo, ya emputado por el escepticismo y la falta de temor del parroquiano, le gritó:

—Bueno, hijo de la chingada: ¿Qué otra cosa quieres que te cambie para que me creas que soy satanás?

El vendedor de verduras respondió mientras sacaba papeles de la bolsa de su camisa:

—A ver, güey. ¡Cámbiame este cheque!

El diablo, con la cara torcida del coraje, gritó mientras comenzaba a esfumarse:

—Soy el diablo cabrón. ¡NO TU PENDEJO!

…y desde entonces, no se tiene noticia de nuevas apariciones satánicas en esta región.

Como La Laguna, ¡NINGUNA!

Chiste original contado por don Jesús González Leal, en uno de sus casetes de la Picardía Norteña. Adaptado a la perfección a la raza de la Comarca Lagunera.


viernes, 12 de julio de 2019

El transporte al estadio Corona



Cada persona, dependiendo de la ubicación de su hogar y los medios con los que disponía, tenía su manera de llegar al antiguo estadio Corona.

En mi caso, como en el de la gran mayoría de quienes solíamos asistir en aquel entonces, el medio de transporte era el camión de ruta. Una vez que se confirmó la vuelta del futbol profesional a la Comarca Lagunera sentí una renovada ilusión. Lo primero que se me ocurrió hacer fue intentar sonsacar a mi padre. Añorando aquellos felices domingos de futbol en mi infancia cuando él me llevaba a ver al Laguna, me apersoné ante él y le dije:

—Papá: va a volver a haber futbol en el estadio. ¿Vamos?

Su respuesta fue un seco “NO”.

Mi ilusión era mayor que la decepción que me causó su negativa. Así que le repliqué:

—OK. Si tú no quieres ir, ¿me das permiso de ir solo?

Afortunadamente, mi padre accedió diciendo:

—Si, pero con la condición de que no vayas a sol... para estar tranquilo.

Accedí. Y esa es la razón con la que respondo a señalamientos de muchas personas, quienes han intentado minimizar mi afición por el hecho de no ser asiduo de la tribuna cálida. Y es que mi padre tenía fundados temores acerca de lo que podría ocurrirle a un niño de once años, quien acudiría en solo en la mayoría de las ocasiones –a mis vecinos y demás amigos no les convencía tanto, en aquel entonces, acompañarme– a una selva, en las que la tribuna cálida era tierra sin ley, en la que resultaba inimaginable la asistencia de damas, en la que pandillas y porros seudoestudiantes se adueñaban de los lugares de alta masificación para hacer valer su fuerza y su ley. Confieso que, a partir de la edad en la que cursaba la preparatoria, en ocasiones sí llegué a ir a la tribuna popular, en algunos casos como éste, en el que invitaba a algún miembro de la palomilla:

—Eh, güey: vámonos al fut.
—¿Cuánto cuesta?
—Dos mil quinientos pesos*.
—No, ni madre: no completo.
—¿Cuánto traes?
—Apenas junto mil.
—Con eso: vámonos. Nomás que a sol.
—Ya vas. Aviso en mi casa y nos lanzamos.

De esta manera, con los dos mil quinientos pesos que tenía destinados para el boleto de sombra, compraba en taquilla dos boletos para la localidad de sol, y hasta sobraban cien. Con los mil pesos de mi camarada, más lo que yo traía destinado para chuchulucos y esos cien pesos restantes, comprábamos cerveza, a fin de prevenir eventuales deshidrataciones.
Lo anterior viene a colación debido a que, como explicaba al inicio de este relato, el medio de transporte que más utilicé durante los primeros años de vida del Santos Laguna para acudir al estadio era el camión de ruta. Tuve la fortuna de vivir relativamente cerca de las Clínicas 16 y 71 del Instituto Mexicano del Seguro Social. No lo suficientemente cerca como para padecer el que trabajadores y pacientes de dichos nosocomios invadan diariamente las banquetas cercanas a la casa con sus vehículos, ni tan lejos como para tener que realizar largas caminatas para llegar a ese lugar, en cuyas afueras confluye una gran cantidad de rutas urbanas de autotransporte. De esta manera, para trasladarme hacia cualquier punto de la ciudad, o incluso hacia Matamoros, Gómez Palacio o Lerdo, me bastaba caminar menos de un kilómetro rumbo al Boulevard Revolución y tomar la ruta deseada. Para trasladarme al centro de la ciudad, casi todas las rutas me llevaban; y de la misma manera, trasladarme desde la gran mayoría de puntos de la ciudad rumbo a mi casa era relativamente sencillo pues casi todas las rutas tenían como parte de su recorrido las clínicas del Seguro, para después seguir con sus respectivos recorridos. Para el traslado hacia el coso de la colonia Las Carolinas, debía tomar el autobús de la ruta “Campo Alianza”, procedente del centro de la ciudad de Torreón. No todos los “Campo Alianza” me llevaban hacia allá, no. El camión debía traer marcada la sub-ruta “San Marcos”, porque los que marcaban “División del Norte” o “Rastro”, tomaban otros caminos. Esta sub-ruta “San Marcos” pasaba por las afueras de los hospitales con rumbo al oriente para dar vuelta a la izquierda en la calle Magdalena Mondragón, mejor conocida por la mayoría de los habitantes de esta ciudad como “Calle 27”; por dicha rúa avanzaba hasta la avenida Ocampo, en donde daba vuelta a la derecha para incorporarse a la Calzada Águila Nacional y después tomar la Calzada Antonio de Juambelz; cruzaba la Diagonal Reforma y tomaba una callecita que ahora es la lateral de una afamada tienda club de precios, hasta tomar la avenida Bravo rumbo al oriente; pasaba a las afueras de la cervecería Modelo hasta llegar a la calzada Saltillo 400, la cual tomaba rumbo al norte, hasta tomar la avenida Ramón Méndez para, unos doscientos metros después, en la glorieta de la confluencia con Emilio Carranza, doblar a la derecha. Era en esta glorieta en la que, quienes nos dirigíamos rumbo al estadio, bajábamos del autobús, para continuar a pie otros doscientos metros hasta donde se encontraba el predio del estadio Moctezuma que, desde 1986, cambió su nombre a “Estadio Corona”.

Desde su fundación y hasta 1989, el estadio contaba con tres localidades: “Numerados”, después conocida como “plateas”, era la sección más cara: se ingresaba por un solo túnel  y ocupaba las tribunas centrales de la tribuna ubicada al poniente, o “sombra”: “Sombra General”, que ocupaba las secciones laterales de la tribuna poniente; al comprar boleto de sombra general se podía ingresar indistintamente a la tribuna norte o a la tribuna sur, ambas a los lados de la tribuna de “numerados; y, por último, “Sol General”, que ocupaba las zonas sur, norte y oriente de la tribuna, contaba con cuatro accesos, dos en la parte lateral, que eran los dos únicos habilitados para el ingreso de público, y dos más, detrás de ambas porterías, que eran abiertos únicamente para la evacuación al final de los cotejos. Dado que había prometido a mi padre no acudir a la tribuna de sol, y a que el costo de los numerados era muy caro, la opción que me quedaba era la tribuna de sombra general. Ingresaba por la puerta sur, ya que era la que me quedaba más cercana desde el sitio donde descendía del camión. En el trayecto realizaba escala en una taquilla ubicada junto a la puerta de acceso, en donde compraba mi boleto y, posteriormente, una última escala con una de tantas señoras que traían su canastita con chuchulucos a quienes solía comprar una bolsa de semillas y una paleta “Tutsi-Pop”. En la tribuna, consumía las semillas durante el primer tiempo, acompañadas por un refresco que compraba ahí dentro; esto para evitar accidentes traqueofaríngeos. Durante el segundo tiempo, tocaba su turno a la paleta.

Al finalizar los encuentros, sobre la avenida Ramón Méndez nos esperaba una fila de autobuses de varias rutas, mayoritariamente la ya mencionada “Campo Alianza” las cuales mostraban el cartel anunciando que se dirigían al centro. Quienes íbamos abandonando las tribunas procedíamos a abordar el autobús situado adelante de la fila. Una vez que se llenaba éste, arrancaba tomando el trayecto Ramón Méndez – Saltillo 400 – Boulevard Revolución con rumbo al poniente. Solía bajar cerca del punto en el que había abordado para la ida.

Realmente, los trayectos no eran tan largos como parecen serlos en la presente narración. Cuando se trataba de partidos comunes –en los que no se producían llenos– en Segunda o Primera División, que comenzaban a las 4 en punto de la tarde, salía de casa a las 3 en punto para estar a las afueras de las clínicas del Seguro Social entre ocho y diez minutos más tarde, a las 3:45 estaba afuera de la taquilla y, a más tardar, diez minutos antes del inicio del encuentro ya me encontraba instalado en la tribuna. Con el tiempo, poco a poco los trayectos se fueron agilizando. Algunos choferes que, durante el trayecto de ida, veían que una buena parte del pasaje tenía como destino el estadio Corona, al llegar a la glorieta anterior al inmueble, en lugar de doblar a la derecha en la avenida Emilio Carranza como lo establecía su ruta, seguían por la misma Ramón Méndez para rodear el monumento a la Adelita y permitir que los aficionados descendiéramos junto al estacionamiento que rodeaba a la antigua casa de los Guerreros. El hecho anterior nos resultaba muy cómodo, ya que nos ahorraba trayecto a pie, reduciendo las dosis de sol recibidas, aunque no todo mundo quedaba contento con lo anterior. En una ocasión, una pasajera que se percató de que el chofer se siguió derecho, saliéndose de su ruta para acercarnos al estadio, procedió a reclamar al conductor, quien no tuvo que responder, pues un pasajero se anticipó a responder: “Pérese, señora... ¿cuál es su prisa, si los domingos no pasan la novela?” Otro, secundó: “Si, señora: hoy es domingo y no le van a pasar en la tele a ‘Rosa la maje’”**. La señora permaneció en el autobús junto son su mohína, mientras que los futboleros bajamos rumbo al estadio con hartas ilusiones futboleras y completamente quitados de la pena.

A partir del siguiente partido de Santos Laguna como local, los camiones de la ruta Campo Alianza que cubrían la sub-ruta San Marcos traían rotulada en el parabrisas no solamente el letrero con el "San Marcos" de siempre, sino que, además, portaban un rótulo adicional que decía "Fut-Bol". De esa manera, seguramente, la novelera señora de la ocasión anterior no tendría argumento para reclamar a los acomedidos choferes campoalianceros.
*Pesos antiguos, equivalentes a la milésima parte del valor actual de la moneda.

**Rosa la maje: gracioso mote en el que el pópulo degeneró a “Rosa Salvaje”, telenovela protagonizada por Guillermo Capetillo y Verónica Castro, que se transmitía por la pantalla chica en esa época.

jueves, 2 de mayo de 2019

El día en que el Dr. García curó a mi padre

Un pequeño agradecimiento



El sábado 3 de diciembre de 2011 amanecí en la Clínica de Especialidades No. 71 del Instituto Mexicano del Seguro Social de la ciudad de Torreón. No estaba yo enfermo, afortunadamente. ¿Qué estaba haciendo yo ahí? Cuidando a mi padre, quien afortunadamente ya se encontraba convaleciente de aquella operación a la que tuvo que someterse. Dos meses antes su vehículo fue chocado, lo que le provocó un hematoma cerebral que le había afectado la movilidad de sus extremidades. Lo peor ya había pasado: el susto, el diagnóstico y el tener que someterse a una cirugía en la que debían abrirle la sesera para retirar el coágulo que se le había formado y le comprimía el cerebro. Tres días antes por la tarde el tiempo pareció transcurrir de forma demasiado lenta. Todo regresó a la normalidad cuando apareció el excelente neurocirujano, el Dr. Javier Contreras Rayas, a comunicarle a mi madre que la operación había sido un éxito, a la vez que la instruía acerca de los cuidados que debíamos tener con mi padre en los cinco días siguientes, durante su convalecencia en el nosocomio. Tan bien salió mi padre de la operación, que mi hermano, a quien tocó el turno de pernoctar haciéndose cargo de sus cuidados, me llamó emocionado para decirme: “me llamó antes de que me trasladara al hospital y me pidió que ingresara la minitelevisión para poder ver el partido de la noche”.

En efecto. Por la noche, posterior a la cirugía, Santos Laguna disputaría en la ciudad de Morelia el partido de ida de la semifinal del torneo Apertura 2011. Y, volviendo a lo que contaba al inicio de este relato, aquel sábado se disputaría en el Territorio Santos Modelo el partido de vuelta de aquella instancia. La noche había transcurrido tranquilamente. Clareaba el cielo y, mientras veía a mi padre dormir plácidamente, esperaba a que mi madre me relevara y se quedara al cuidado de mi progenitor, quien, si bien había salido de la operación, no se encontraba del todo optimista acerca de su recuperación. Mi preocupación entonces ya no era acerca de su recuperación física –la intervención había sido un éxito–, sino en el renglón anímico. Decidí entretenerme con mi teléfono móvil. Cuando me disponía a atender notificaciones que aparecieron en la cuenta de Twitter, me llamó la atención la publicación de Luis García, quien ahí se quejaba de retraso en el trayecto rumbo al aeropuerto, cabiendo la posibilidad de no llegar a tiempo a abordar el avión que lo transportaría a la Comarca para la transmisión del encuentro de aquel día. También observé la respuesta de mi amigo Jesús Gómez Flores, quien le respondió a Luis: “Aquí te espero para saludarte, Doctor”.

Luis García Postigo como jugador debutó en el máximo circuito de nuestro futbol poco antes de la irrupción de Santos Laguna en estas instancias. Como rival, si bien no fue de aquellos que solían vacunar al cuadro lagunero en cada oportunidad que se le presentaba, era un ariete de cuidado con quien los zagueros laguneros debían tener especial cuidado. Con la UNAM, el club con el que debutó, le anotó en dos ocasiones al cuadro albiverde. Más tarde, al regresar de su incursión en el balompié español, perforó las redes verdiblancas en dos ocasiones jugando para América, otro par con la camiseta azulgrana de Atlante, y en una ocasión jugando para Guadalajara y Morelia. En especial recuerdo una anotación en la que, tras anidar la esférica, le cantó la diana a Lupe Rubio para acto seguido ser enviado a las regaderas por el silbante. Ya retirado, irrumpió en las redes sociales resultándome simpático lo publicado por él, así que suelo seguirlo. Además, he disfrutado las narraciones que realiza para TV Azteca en mancuerna con Christian Martinoli. La manera en la que hilan conceptos futbolísticos con cuestiones culturales y temas que se encuentran en boga al momento no es posible para cualquiera. Escuchar una narración de Televisa teniendo también como opción la de García y Martinoli equivale a elegir comer mortadela en descomposición, teniendo la opción, por el mismo precio, de degustar unas buenas lajas de jamón serrano.

Fue así que me animé a enviar mensaje de texto a Chuy Gómez, preguntándole primero si, en efecto, vería a Luis antes del partido a celebrarse aquella tarde; una vez recibida su confirmación, le pedí el favor de tramitar ante Luis el enviar saludos a mi padre durante la transmisión del partido, no sin antes explicarle la situación por la que estaba pasando.

Antes de retirarme del hospital, verifiqué que la minitelevisión se encontraba ahí, y le recordé a mi madre encenderla a la hora del partido, a fin de que mi padre pudiera ver el encuentro.

Por la tarde en el estadio, mi estado de ánimo como aficionado pasaba de la alegría de que Santos Laguna había anotado en tres ocasiones, remontando el dos a uno en contra con el que regresó de la capital michoacana, a la preocupación por las dos anotaciones conseguidas por el rival para empatar el marcador global. En una pausa me asomé a la pantalla de mi móvil en la que apareció el nombre de Chuy Gómez; abrí el mensaje en el que me decía: “Enrique: ya el Doctor mencionó al aire lo que me pediste: le envió un saludo a tu padre y le deseó una pronta recuperación”. Respondí con un mensaje de agradecimiento mientras, nervioso, observaba las acciones del encuentro, que se encontraba en los minutos finales.

Una vez finalizado el encuentro, con la satisfacción de que nuestros Guerreros se encontraban en la final por segunda ocasión consecutiva, llamé a mi madre para preguntarle si mi papá había escuchado los saludos que le envió Luis en la narración. Posiblemente, pensé, al estar en el hospital, tuvo que silenciar el audio. Mi madre me confirmó que mi padre escuchó la mención que le fue dedicada por el Doctor García. De hecho, siguió ella contándome, había recibido llamadas de dos amigos, quienes bromearon acerca de aquel saludo. Uno le espetó: “qué popular eres, cabrón. ¿Te vas a lanzar para diputado o qué?”. Otro le dijo: “¿Eres novio de Luis García, o por qué te tiene tanto cariño?”. Terminando la llamada, redacté un tweet dirigido a Luis agradeciendo aquel saludo que nos hizo el favor de pasar al aire, así como las palabras de aliento.

Han pasado más de siete años desde aquel día. De aquel día a la fecha mi padre nuevamente caminó, pudo volver a conducir su vehículo; tiene cuatro nietos más y ha sido muy bendecido por la vida. Parte de lo anterior, logrado en base a inyecciones de ánimo de sus amigos, entre las que destaca aquel saludo de Luis García, motivador de charlas posteriores con sus amigos que produjeron innumerables risas, que tan buenas para curar el alma son.

Quizá nunca lo dimensionaste. Para tí, Luis García –redactando al estilo de tus columnas para el diario Récord–, aquella mención fue, quizá, de rutina; algo así como cuando rematabas de volea cuanto balón te llegaba cuando pisabas el área del conjunto enemigo, para zumbarle con dirección al arco. Pero, para la salud de mi padre, fue un hecho que le facilitó su recuperación.

Al terminar el contrato de transmisiones televisivas entre Santos Laguna y TV Azteca, este próximo domingo cinco de mayo será la última transmisión de partidos de liga de esta televisora desde el estadio Corona. En este momento desconozco si Luis estará presente en dicho partido. A propósito de este hecho, fue que decidí redactar esta aburrida e insulsa narración como un sencillo agradecimiento al buen Luis García Postigo, y también, merecidamente, a Chuy Gómez. Nobleza obliga.