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viernes, 3 de mayo de 2013

¿Afición o “esnobismo”?


Para Carlitos… Descansa en Paz, Hermano.

Semana de semifinales en la UEFA Champions League en la que han sido eliminados los dos clubes de mayor prosapia, presupuesto y número de títulos de España: Barcelona y Real Madrid. Curiosamente en estas fechas surgen, al parecer por generación espontánea, seguidores de ambos equipos. Primeramente el conjunto merengue fue eliminado a manos del Borussia Dortmund, activando las burlas de quienes siendo mexicanos, se ostentan como orgullosos culés; un día después, las burlas circularon en sentido contrario. Las razones de tan misteriosa pasión por los colores de dichos equipos de ultramar son de fácil explicación.

A propósito de lo anterior,  les contaré sobre una situación que padecí durante mi infancia, misma que nunca me tuvo nada contento… y ahora, aunque no me afecta en gran cosa, cada vez que me viene a la mente comienzo con las mismas reflexiones alusivas.

Resulta que siendo yo un niño, tras la venta de nuestro querido Club de Futbol Laguna, la pasión futbolera de quien me llevaba al estadio: mi señor Padre, disminuyó al grado de que durante los domingos prefirió ver las transmisiones de futbol americano en la televisión, relegando el balompié. Un Servidor, niño al fin y con un solo televisor en casa, no tenía otra que ver la elección del jefe de la familia. La situación desagradable no era el tener que ver el futbol americano, que es un deporte bonito y respetable; tampoco lo era el hecho de no poder ver el futbol en mi casa, para eso tenía a mis vecinos, a cuya casa siempre me invitaban a ver los partidos transmitidos el fin de semana; no: lo feo era la situación de que el humor dominical vespertino de mi adorado padre variaba en función del resultado ocurrido en el emparrillado. ¿A quién le iba él? A todos y a ninguno. Me explico con un ejemplo representativo: que si le caía gordo el peinado Punk de Jim McMahon, veía los partidos de los Osos de Chicago esperando verlos derrotados “para que se le quite lo mamón al cabrón ése”; con tan mala suerte que en esa temporada dicho equipo conquistó el Super Bowl XX… y propinando además una madriza a su rival, que se puede decir que ni las manos metió. El hecho referido motivó que tuviera que soportar mohinas, corajes, etc. Ante lo anterior, me pregunté: “bueno, ¿y por qué derramar tanta bilis por equipos que juegan en ciudades que quizá nunca llegue a conocer?” Desde entonces decidí que, cuando observe un encuentro entre equipos que no sean mis equipos, o que cuyo resultado no afecte a mis equipos; me dedicaré a disfrutar del encuentro, de las jugadas, de las situaciones chuscas que se lleguen a presentar, de las idioteces que suelen proferir algunos narradores, o de cualquier otra situación interesante que rodee a dicho encuentro.

Cuando surgen eventos o partidos importantes en ligas que nos son totalmente ajenas, ¿por qué la mayoría de los espectadores suelen polarizarse hacia alguien o algún equipo? Y más aun: ¿Por qué algunos cambian de equipo cada temporada? He aquí algunas reflexiones:

1. Educación. – En nuestro querido México generalmente somos educados bajo los principios de la doctrina cristiana. Uno de los valores que tiene nuestro pueblo es el de la solidaridad: somos educados a solidarizarnos con el prójimo al grado de llegar a “ponernos en sus zapatos”. Por lo anterior somos muy dados a adentrarnos en los sentimientos ajenos al grado de compartir las alegrías y sufrimientos tanto del hermano, del vecino y hasta de los protagonistas de cuanto espectáculo presenciemos: de niños salimos del cine después de haber presenciado “Karate Kid” tirando patadas, las mujeres lloran cuando la protagonista de la novela sufre, hasta en los programas de concurso y “reality show” que las televisoras nos han encasquetado en horarios estelares la audiencia se polariza y gasta una buena parte del saldo de su teléfono en llamar a los teléfonos que aparecen en pantalla, ya sea para expulsar o hacer que permanezca en el certamen el participante preferido. De la misma manera, la gran mayoría de quienes presencian un partido se decantará por un equipo, aunque sea sólo durante dicho encuentro.

2. Costumbre.- Otro factor que incide son las añejas costumbres que tenemos, cuando menos en este país. La escena es común: se sintoniza un partido; no falta quién pregunte: “¿Quiénes juegan?”; otro responderá: “Los Fulanos vs los Menganos”; la siguiente pregunta que se escuchará es: “¿Y a quién le vas?”. Por costumbre siempre pensamos en elegir a un favorito, ya que desde antaño así es la costumbre. Desde tiempos inmemoriales al acudir a las ferias, las competencias eran en su gran mayoría acompañadas de apuestas: peleas de gallos, carreras de caballos, etc., desde cuando en las culturas prehispánicas se jugaba el juego de pelota, corrían las apuestas por doquier. Desde entonces el espectador también jugaba su partido deseando el triunfo de su elegido para sentirse ganador – que en ese caso sí lo era, ya que incrementaba sus haberes gracias a dicho triunfo – con la consiguiente burla hacia quienes salieron derrotados y “desplumados” de la contienda. Vemos entonces que en nuestra cultura se encuentra el hecho de proyectarnos en otros para competir.

3. Orgullo.- Un ejercicio muy sencillo de realizar es el siguiente: cuando algún amigo o conocido suyo se encuentre viendo con una buena dosis de atención algún encuentro, certamen, pelea de box o evento similar que implique competencia; pregúntele: “¿a quién le vas?” Cuando reciba respuesta, Usted revire diciendo: “Pues yo le voy al contrario”… Será cuestión de fracciones de segundo para que su interlocutor inicie la discusión. Si es Usted algo socarrón, podrá llevarle intencionalmente la contraria incrementando la exaltación de esa persona que tenga enfrente. si al final del encuentro el resultado le es favorable a la persona en cuestión, probablemente descargará su euforia echándole en cara que lo ha vencido. En caso contrario se sentirá derrotado por Usted y buscará cambiar la conversación o cualquier otra táctica para lograr olvidar su reciente descalabro.  (Advertencia: si la otra persona muestra indicios de enojo desmedido, es mejor que suspenda el ejercicio en ese preciso instante). De la misma manera, en otros aspectos de nuestra vida solemos ser orgullosos. Por ejemplo: quien estrena teléfono celular de cierta marca y operador telefónico va por la vida diciéndole a todo mundo que tanto su equipo celular como su operador telefónico es el mejor, y peor aún, desdeñando a quienes ostentan otro modelo de teléfono o que se encuentran contratados con otra compañía. En un afán de sentirse superiores buscarán ponderar las bondades de su teléfono y de su compañía, así como las carencias o debilidades de las demás.

4. Novedad.- En México, y en particular en la Comarca Lagunera, la gente suele ser sumamente novedosos. Asistimos a la inauguración de cuanto local se instale en la región y, aunque no sepamos nada acerca del lugar en cuestión, ahí estamos; sólo con el fin de socializar y de poder presumir a nuestras amistades que estuvimos presentes en el magno evento. De igual manera sucede con los eventos que se suscitan en la región y en el mundo entero: en enero todos son expertos en futbol americano, a mediados de año son futboleros y toman partido por alguna selección que esté teniendo acción ya sea en Copa América, Campeonato Mundial, Eurocopa, Juegos Olímpicos o Champions League; y en octubre todos son partidarios – casualmente – de alguna novena que se encuentra disputando la postemporada de las Grandes Ligas. Así como las señoras tienen la necesidad de seguir puntualmente todos los capítulos de la novela para “estar in” ya que será el tema de conversación con sus amigas, otros sienten la necesidad de tener un equipo, competidor o boxeador favorito que se encuentre en acción en ese momento  para sentirse completamente involucrados en él (véase el punto 3).

Es imprescindible mencionar además, el hecho de que en muchas ocasiones el individuo tiene la necesidad de sentirse ganador en algún aspecto de su vida. La sensación de triunfo es algo así como una necesidad fisiológica en el ser humano, y si no se siente a través de los triunfos propios, se buscará a través de los triunfos y éxitos de los demás. A esto se le denomina “subirse al carro de los triunfadores”. “Ganó Perengano, que es al que yo le voy (o le iba por esta vez)” es en ocasiones motivo suficiente para que las personas se sientan triunfadoras aunque sea por un momento, dejando así de pensar en sus frustraciones, carencias, problemas o fracasos personales.

Por las razones anteriores, muchísimas personas se convierten en “esnobs”. Dicho término es definido en el diccionario de la Real Academia Española como Persona que imita con afectación las maneras, opiniones, etc., de aquellos a quienes considera distinguidos. Así podemos ver a las “barras” (ya no son porras) de los equipos mexicanos cantando en la tribuna con argentinismos (sonsonete y términos como “vos”, “querés”, “hacés”, etc.), señoras y señores que compran diversas revistas del corazón para enterarse de los pormenores sobre la vida de los “famosos”, muchachitas imitando peinados, vestidos, formas de caminar y hablar del artistita de moda, por citar algunos ejemplos.

Quizá algunos de quienes lleguen a leer estas reflexiones dirán: “El que escribió esto es un amargado, o no tiene vida”. Les respondo que prefiero observar y divertirme que involucrarme, es algo así como cuando asisto a la lucha libre: ahí me vale quién gane puesto que voy a desestresarme escuchando las ocurrencias del respetable – y realizando una que otra aportación a la vacilada – así como a reír a costa de aquellas personas que sí toman partido por rudos o técnicos y realmente se enojan cuando el resultado le es adverso, le recuerdan su progenitora al referee y duran toda la semana con el coraje. La pasión e involucramiento de mi parte se da solamente cuando juegan mis equipos. ¿Cuáles son mis equipos? Aquellos con los que tengo algo que ver: los equipos en los que llegué a jugar o bien, los equipos representativos de las instituciones en las que estudié. Y claro está: los equipos de mi tierra que compiten en las ligas nacionales: Santos Laguna y Vaqueros Laguna. Confieso que en el beisbol de las Grandes Ligas tengo cierta predilección por los Atléticos de Oakland por una situación curiosa: al verlos jugar me llamaba la atención el uniforme; ver jugar a unos cuates con los colores de mi añorado Laguna, aunque fuera en otro deporte, me traía algo de nostalgia. Aunque he de confesar que, ganen o pierdan, nunca han provocado en mí pasiones que vayan más allá de tener una cachucha de dicha novena. También considero válido el apoyar a los equipos que nos representan como país en competiciones internacionales: involucrarnos con la Selección Mexicana en el Mundial, Copa América, Juegos Olímpicos. Muchos de nosotros gozamos cuando los púgiles mexicanos han dado cuenta de rivales odiados, como cuando Sal Sánchez convirtió la cara del boricua Wilfredo Gómez en un plato de moronga, o cuando JC Chávez enviaba a la lona a cuanto rival se le ponía enfrente – y lloramos cuando Tommy Hearns de un gancho a la mandíbula de Pipino Cuevas dejó a México con un campeón mundial menos. De la misma manera se suele tener cierta predilección por algún equipo que llegue a identificarse con los valores que cada uno de nosotros tiene. Podemos decantarnos por el menottismo o el bilardismo, el lavolpismo o el lapuentismo, o bien seguir el paso de un equipo o deportista porque nos agrada la manera en la que juega: de esa manera hace años deseábamos el triunfo del Real Madrid de los años ochentas, para que le fuera bien a Hugo Sánchez; más tarde observábamos los partidos del Osasuna de Aguirre, y en este momento al Manchester United para seguirle la huella al “Chicharito”. También hemos gozado de observar a equipos de época como el Milan de finales de los ochentas, el Barcelona de Ronaldinho y ahora de los canteranos de la Masía. Dentro del futbol mexicano, muchos quedamos enamorados de la manera en la que jugaba aquel Toros Neza de 1996. Haber seguido a cierto equipo o jugador por cierta circunstancia no necesariamente equivale a ser fanático de los clubes antes mencionados.

Observar cualquier deporte sin apasionamientos, así como admirar a competidores o deportistas virtuosos nos hace mejores aficionados; el hablar bien de algún jugador o equipo, aunque no sea nuestro equipo, de ninguna manera nos convierte en fanático de ellos – en el mundo taurino se dice que un buen aficionado es a quien más toreros le caben en la cabeza –. Por el contrario, declararse fanático de cuanto equipo aparezca en la televisión sólo por  la momentánea necesidad de tomar partido, equivale a enamorarse de cuanta mujer se nos cruza en el camino (en el caso de los hombres).

Para considerarse un buen aficionado se debe tener cuidado, porque entre ser seguidor a sentirse fanático – que en realidad sería ser “esnob”;  hay mucha diferencia, y la línea que los separa es muy delgada.

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